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martes, 3 de febrero de 2026

El primer batllismo. Economía y crisis. Por Magdalena Bertino, Reto Bertoni, Héctor Tajam, Jaime Yaffé histo@iecon.ccee.edu.uy. Fragmento.

El primer batllismo, la crisis de 1913, la guerra y después (1900-1930)






La economía internacional

Hacia 1900, el sistema económico dominante en el mundo, el capitalismo, constituía la forma específica en que las sociedades europeo-occidentales organizaban la producción y distribución de bienes y servicios en tierras propias y ajenas. En el último cuarto del siglo XIX, Europa había protagonizado un impulso expansionista que llevó a que el sistema se impusiera a escala planetaria. La comprensión de este fenómeno es fundamental cuando se incursiona en el análisis de la economía internacional en los albores del siglo XX.

En la génesis de dicha situación se encuentra la segunda revolución industrial, que proporcionó la infraestructura básica para el desarrollo de una verdadera economía mundial. La revolucionaria transformación de los transportes que lideró el ferrocarril y que culminó con la navegación a vapor a grandes distancias, achicó el planeta, acercó culturas y economías, abarató costos y con ello precios. Quedó conformado de manera definitiva un mercado mundial para la mayoría de los productos.

Era el escenario de la globalización. Podría afirmarse que en aquella época la tendencia a la mundialización –intrínseca al capitalismo– adoptó formas institucionales concretas. El sistema del patrón oro expresó, en gran medida, el conjunto de normas y mecanismos que rigieron la expansión y consolidación del capitalismo occidental en esa etapa de la globalización.

El camino “natural” que debía recorrer el resto del mundo no podía ser otro que incorporarse al sistema como condición para lograr el crecimiento económico. La inserción latinoamericana en la economía mundial constituye el capítulo continental de ese proceso. En Uruguay, a partir de los años sesenta, la historiografía adoptó el concepto de modernización para señalar el conjunto de cambios económicos, sociales e institucionales que permitieron la inserción del país en el moderno sistema mundial. Estos cambios fueron los que viabilizaron la incorporación del Uruguay al circuito económico capitalista en el marco de un patrón comercial de complementación con las economías industrializadas.

La economía internacional a fines del siglo XIX se basaba en un funcionamiento aparentemente sencillo que facilitaba la transferencia de recursos económicos por sobre las fronteras nacionales en una escala sin precedentes, a través de movimientos de capital y de trabajo y del intercambio comercial, entre dos polos: por un lado, las naciones industrializadas –con Gran Bretaña a la cabeza– proveedoras de manufacturas y capitales y, por otro, los países periféricos cuya función era proveer de materias primas y alimentos (Rapoport 2000).

Este esquema se completaba con la existencia del patrón oro, sistema de cambios fijos que daba seguridad a los intercambios en el comercio internacional, aun en ausencia de organismos financieros internacionales. El patrón oro era una forma muy particular de organizar los mercados financieros de acuerdo con los siguientes cinco principios: el libre flujo de oro entre individuos y países; el mantenimiento de valores fijos de las monedas nacionales respecto al oro y, por tanto, entre sí; la ausencia de una organización internacional coordinadora; la asimetría entre los países con déficit y excedentes en la balanza de pagos; y la deflación en lugar de la devaluación como mecanismo de ajuste para un país deficitario.

En este sistema los países mantenían fijo el valor de sus monedas con el valor del oro, al tiempo que la circulación monetaria interna también tenía una relación fija con las reservas de ese metal. El resultado de la adopción del patrón oro era la aceptación de un sistema automático de ajuste: un déficit comercial traía consigo la necesidad de exportar oro a corto plazo, reduciéndose entonces la cantidad de reservas y, por lo tanto, del circulante en el país con la consiguiente caída de precios. En el mediano plazo esto fomentaba las exportaciones de bienes, pues los extranjeros compraban en ese mercado a precios más bajos que en el propio. Al mismo tiempo disminuían las importaciones, ya que los consumidores nacionales se abstenían de comprar los artículos extranjeros, ahora más caros. Este mecanismo, que implicaba una nueva entrada neta de oro, conducía nuevamente al equilibrio. La condición del ajuste automático era la libre convertibilidad de las monedas en oro y la exportación o importación del metal sin ningún tipo de impedimentos.

Que el oro gozara de aceptación universal como medio de liquidar los pagos internacionales y que la mayoría de las divisas pudiera convertirse fácilmente en oro fueron motivos suficientes para considerar al sistema como garante de la estabilidad económica (Temin 1995).

Sin embargo, este sistema monetario internacional, que satisfacía las necesidades de los países industrializados (el centro), no tenía efectos similares en los países no industrializados. En la periferia, los déficit comerciales hacían que se produjera una salida neta de oro pero sin la contrapartida de una disminución de circulante, debido a que las urgencias fiscales obligaban a mantener la liquidez. Se producía entonces una virtual desvalorización de la moneda con los consiguientes movimientos especulativos y la fuerte presión sobre los bancos emisores. Entonces, la inestabilidad monetaria provocaba desconfianza y retracción de la actividad económica, actuando estos fenómenos como agravantes de la situación hacia el interior de las economías nacionales. La historiografía uruguaya encontró en la pugna entre cursistas oristas una manifestación concreta de aquellos problemas.

Fue raro, sin embargo, que se dejara a la deriva a los países de ultramar para afrontar sus dificultades financieras: el capital extranjero (del centro) fluía en “auxilio” de las economías periféricas. Un rasgo notable del sistema anterior a la Primera Guerra Mundial era que el centro financiero de Londres estaba siempre dispuesto a aliviar la presión, permitiendo que los países en apuros pidieran préstamos a corto plazo. El resultado fue que la inserción en los mercados mundiales asumió, para los países productores de bienes primarios, la característica de una relación cada vez más asimétrica, haciendo que sus ciclos económicos estuvieran subordinados a los de los países industrializados.

El comienzo del siglo XX mostró cambios importantes en este sistema mundial. Emergieron nuevas potencias, cuya incidencia en el plano económico fue en aumento, paralelamente a la decadencia de Gran Bretaña, la reina de los mares y el taller del mundo decimonónico. Este proceso se observó claramente en los sectores básicos de la industria, donde Gran Bretaña se vio desplazada del primer lugar. En 1890, los Estados Unidos ya la superaban en la producción de hierro y acero; en 1914, fue aventajada por Alemania. Al mismo tiempo se produjo una pronunciada declinación de la productividad; en la industria carbonífera –pilar del desarrollo británico– se pasó de 403 toneladas per cápita en 1881 a 309 toneladas en 1911.

Sin embargo, el hecho fundamental que  marca un punto de quiebre en el desarrollo de la economía mundial fue la Gran Guerra (1914-1918) que inauguró una verdadera era de las catástrofes (Hobsbawn 1994) signada por las crisis y las guerras mundiales. El intrincado y frágil sistema de división internacional del trabajo que había ido configurándose gradualmente y que había traído consigo niveles de bienestar sin precedentes, e incluso riqueza, para las poblaciones de Europa y de algunos puestos avanzados de la civilización occidental de ultramar, se desintegró de repente con el estallido del conflicto armado (Cameron 1991).

La guerra significó la interrupción de relaciones comerciales, la escasez de bodegas y el encarecimiento de fletes y seguros, al tiempo que presionó a los países en conflicto a orientar su producción en función de las necesidades bélicas y, también, obligó a los gobiernos a abandonar el “patrón oro”[5]. Las instituciones que habían consagrado el triunfo a nivel planetario del sistema capitalista (sistema multilateral de comercio y pagos), entraron en una profunda crisis.

Finalizado el conflicto en 1918, la economía real evidenciaba un cambio sustancial con las últimas décadas del siglo anterior. La producción, los capitales y, por ende, la hegemonía mundial se habían mudado de continente. Los Estados Unidos de América emergieron como potencia, pero su estructura productiva y las potencialidades de su mercado interno daban al “nuevo centro” características muy distintas a las de la Inglaterra victoriana. El grado de apertura de la economía norteamericana era mucho menor y en esas condiciones el automatismo de los ajustes internacionales no podía funcionar fluidamente.

La creencia generalizada en círculos académicos y gubernamentales de que el patrón oro había sido la piedra angular de la prosperidad de la belle époque, condicionó las políticas de posguerra; se evaluó la guerra sólo como un paréntesis. Durante los veinte, aunque en la superficie parecían restaurarse las condiciones que habían asegurado la estabilidad de la economía internacional y su expansión hasta 1914, subterráneamente crecía y se alimentaba la crisis que haría eclosión con la internacionalización de los efectos del crack estadounidense de 1929. Las nostalgias por el viejo orden sucumbirían ante la más profunda crisis que el sistema hubiera sufrido hasta entonces y que sumió al mundo capitalista en la depresión.

La “inserción” del Uruguay en la economía internacional se consumó en las últimas décadas del siglo XIX y primeros años del XX. Las bases de esta integración fueron la apertura al comercio mundial y el carácter complementario de su producción (división internacional del trabajo). Los mecanismos de regulación del sistema mundial –patrón oro y multilateralismo– y la consolidación del país como “estado-nación”, fueron las garantías del tipo de integración alcanzado. Sin embargo, a pesar de los resultados exitosos en el corto plazo, se trataba de una “inserción tardía”. Los mercados de bienes primarios mostraban, ya antes de la Primera Guerra Mundial, una baja elasticidad, producto de la transición demográfica y los cambios en la dieta de los países industrializados, pero sobre todo había países que contaban con cuotas de mercado ya aseguradas, tanto por precios como por volumen de la oferta y ellos marcaban los precios internacionales. La extraordinaria demanda de bienes primarios durante la Primera Guerra Mundial y el consiguiente aumento de precios, no alentó la toma de decisiones que pudieran contrarrestar el retraso, sobre la base de un aumento de la productividad. Entonces, el desempeño exportador quedó ligado casi exclusivamente a la fluctuación de los precios que otros determinaban.

Algunos contemporáneos lograron apreciar la fragilidad que significaba esa gran dependencia de la demanda y de los precios internacionales, en particular la escasa dinámica que mostraba, desde el punto de vista tecnológico, el proceso de producción. Sin embargo, no se consiguió revertir aspectos estructurales como la lentitud con que se consumó la mestización del rodeo vacuno, fenómeno que explica el retraso de la sustitución del tasajo por la carne congelada y enfriada; o la muy baja o nula reinversión de los excedentes provenientes de las exportaciones, tanto en el sector agropecuario –base de nuestros productos exportables– como en la industria, que alentaba otra estrategia de crecimiento.

La evidencia histórica muestra que el ritmo y las fluctuaciones de la economía uruguaya acompañaron, en todo el período, el desempeño de la economía internacional[6]. Uruguay consiguió resultados promisorios en su relación con el mundo, sobre todo gracias a la difusión del progreso técnico concretada en la revolución de los transportes. La producción uruguaya encontró en los rieles y el puerto un canal privilegiado de vinculación con el mercado mundial.

Pero la economía mundial a la que se integró Uruguay en el último cuarto del siglo XIX comenzó a desaparecer antes de que el país hubiera podido aprovechar sus potencialidades. La realidad emergente de la Primera Guerra Mundial marcó el surgimiento de una nueva potencia hegemónica, los Estados Unidos de América, cuya economía no ofrecía las mismas posibilidades de articulación con la economía uruguaya.

Los cambios en la economía mundial constatados a partir de la Primera Guerra, la caída de las exportaciones uruguayas, el freno del crecimiento demográfico, la débil dinámica tecnológica, se constituyeron en factores que socavaron las bases del modelo de inserción. No parece temerario afirmar que el fenómeno del crecimiento en este período estuvo históricamente ligado a la permanencia de ciertas condiciones internacionales y que, inducido por el desarrollo de un sector agro-exportador que presentó una escasa dinámica, no fue capaz de echar las bases para una inserción internacional diferente en el futuro.

El desempeño económico global

En el marco del modelo pecuario-exportador heredado del siglo XIX, el batllismo impulsó a partir de 1903 –más enfáticamente a partir de 1911– un vasto plan de reformas económicas y sociales que, de concretarse en su totalidad, hubieran transformado la estructura económico-social hasta el punto de configurar un modelo claramente diferente de aquel. En efecto, el elenco político encabezado por José Batlle y Ordóñez se propuso modernizar, diversificar y nacionalizar la economía uruguaya al mismo tiempo que expandir el bienestar social.

En ese sentido, por un lado, se fomentó, con acentos y avances diversos, la modernización de la producción ganadera, el desarrollo de la agricultura, de la industria, de los servicios y la reforma de la estructura fiscal. Por otro, se postuló el reconocimiento de los derechos sociales de los trabajadores, la necesidad de elevar sus ingresos y de desarrollar un conjunto de servicios sociales para mejorar las condiciones generales de trabajo y de vida. De igual forma, se impulsó una completa reubicación del Estado en el proceso económico y social, promoviendo un intervencionismo cuya expresión concreta fue la decidida política de nacionalizaciones y estatizaciones.

En el plano de las reformas sociales el batllismo dejó una herencia perdurable que marca un punto de inflexión, casi fundacional, en la historia del bienestar social en el Uruguay: la sanción de una amplia legislación social y el crecimiento de la cobertura pública de servicios sociales con carácter universal (educación y salud).

En el plano de las reformas económicas el balance es bien distinto. Por un lado, la exitosa política de nacionalizaciones y estatizaciones fue la concreción y el legado más notable del primer batllismo. Efectivamente, el Estado se dotó –en particular entre 1911 y 1915– de un conjunto de empresas públicas que ocuparon, a veces monopólicamente, áreas estratégicas de la economía (crédito, seguros, generación de energía eléctrica, tráfico portuario). Sin embargo, por otro lado, es también notorio que, si bien hubo algunos atisbos de diversificación, la ganadería tradicional orientada a la exportación siguió siendo el sector más relevante de la economía. El fracaso del batllismo –paralizado sin lugar a dudas desde 1916– en el intento de concretar sus reformas rural y fiscal, así como la limitada expansión de la agricultura y la industria, son la contracara de lo anterior.

En esencia, el modelo agro-exportador que el Uruguay del novecientos heredó del siglo XIX, sobrevivió en sus características fundamentales. Pero, de cualquier forma, el impacto de las reformas sociales y económicas efectivamente concretadas durante el primer batllismo, no puede soslayarse: en esos años se produce una auténtica modernización de la economía y la sociedad, en particular en su ámbito urbano. Y la afirmación se sostiene, aun cuando perduró el predominio productivo ganadero y el dinamismo de la economía siguió dependiendo de las exportaciones apoyadas en ese sector. Vistas en una perspectiva más amplia, esas transformaciones operadas bajo el primer batllismo configuraron una segunda modernización, o una segunda fase del proceso de modernización, que tuvo su primer capítulo en el último cuarto del siglo XIX durante los períodos conocidos como militarismo (1876-1886) y civilismo (1886-1903).

Las primeras tres décadas del siglo XX están dominadas por una dinámica exportadora muy importante que muestra una tasa de crecimiento global acumulativa del PBI del 3,4% anual (1,1% por habitante). No obstante, debe destacarse un impasse en el proceso entre 1913 y 1922. En estos años el PBI experimenta una brusca caída primero y luego una lenta recuperación, producto de la crisis financiera de 1913, los efectos de la Primera Guerra Mundial y la posterior crisis de posguerra. Recién en 1922 se recupera en términos reales el nivel de PBI de la preguerra y al final de los años veinte hay un importante crecimiento pero, ya entonces, con cambios de estructura. Todo parecería indicar que durante este período el modelo agro-exportador antes reseñado alcanzó hacia 1912 su momento culminante y mostró, en el contexto de la crisis posterior, sus limitaciones internas y externas.

El volumen de las exportaciones, pilar de este modelo de crecimiento hacia afuera que el batllismo heredó e intentó transformar, se estanca desde la Primera Guerra Mundial, comenzando un período en el que el crecimiento del valor de las exportaciones se debe al alza de los precios internacionales. Recién en 1922 el producto ganadero recupera el nivel de 1913. La evolución positiva de los precios de los productos ganaderos en el mercado internacional es, pues, la única variable explicativa del incremento del valor de las exportaciones durante la guerra. La baja de estos precios en los últimos años de la década del veinte se tratará de compensar con un aumento en la extracción de ganado.

Cuando la crisis de 1913 deprimió seriamente, entre otras cosas, el flujo de importaciones del Uruguay, afectó uno de los pilares financieros del modelo del primer batllismo a tal punto que cuestionó su propia viabilidad. La drástica reducción de la recaudación fiscal, fuertemente centrada en los aranceles de importación, dejó al Estado y a su conducción política sin recursos financieros para sostenerse y, aun más importante en la perspectiva que estamos trazando, para ejecutar su plan reformista.

El estallido de la Primera Guerra Mundial no hizo sino agravar esta difícil situación fiscal, reduciendo aun más drásticamente las importaciones y cerrando totalmente el respiro alternativo que hubiera significado el acceso, una vez más, al crédito externo. La primera reacción de la conducción batllista ante las dificultades no fue la resignación. Por el contrario, los gobernantes intentaron concretar uno de los capítulos hasta entonces postergados de su plan reformista: la reforma fiscal (Barrán-Nahum 1985). Ante la reducción brutal de la recaudación vía aranceles, se intentó cambiar la fuente principal de sustentación impositiva del Estado, cargando a la propiedad inmobiliaria rural y urbana.

Fue tal y tan exitosa la resistencia demostrada por los propietarios (Barrán 1986, Rilla 1992), en particular los rurales (recordemos que en 1915 se crea la Federación Rural), que este intento acabó fracasando y con ello quedó hipotecado el futuro del reformismo que se mantendría no más que como latencia hasta fines de los años veinte, transitando resignadamente por los años de lo que algunos historiadores han denominado república conservadora por oposición al impulso reformista del primer batllismo (Barrán-Nahum 1987, Caetano 1992-1993).

Este es el trasfondo económico y social de la derrota colegialista de julio de 1916 y el subsiguiente alto de Viera, notable giro político cuya importancia específica no puede minimizarse como el mero reflejo de las dificultades económicas y las luchas sociales. Se trata de un momento de resolución política de un conflicto que pudo haber derivado hacia otras alternativas. El “alto” de 1916 marcó el comienzo de una nueva época: democrática (por la ampliación de la participación y de las garantías políticas) pero conservadora (por el contenido de las políticas públicas y por sus apoyos sociales).

Pero la guerra trajo otra novedad de signo contrario: si bien nuestras exportaciones se mantuvieron estancadas en volumen, se operó un notorio incremento del valor de las mismas por la elevación de los precios internacionales de los alimentos y materias primas. En un contexto de restricción importadora, esto determinó que durante los años de la guerra se produjese una importante acumulación de saldos favorables en nuestra balanza comercial, lo cual generó en el sector ganadero exportador y en buena parte del elenco político gobernante una acrecida sensación de riqueza, independientemente del ya por entonces notorio estancamiento de la producción manufacturera y de la propia producción ganadera, difícilmente visible para los contemporáneos en medio de la euforia provocada por los buenos precios obtenidos.

Si evaluáramos la situación global de la economía uruguaya de aquel momento, limitándonos a las exportaciones y a los saldos de nuestra balanza comercial, no podría concluirse otra cosa que el reconocimiento de una holgada superación de la crisis iniciada en 1913 y una creciente prosperidad. Sin embargo, como bien sabemos, el comercio exterior no es suficiente para juzgar el desempeño global de una economía. Observando la evolución del resultado agregado de la producción total del país año tras año, vemos un panorama distinto. Las series del PBI uruguayo recientemente estimadas (Bértola 1998, Bertino-Tajam 1999, Bértola 2000) muestran una marcada caída durante la mayor parte de la guerra, que recién se revierte en 1917.

¿Cómo conciliar ambas cosas? Mientras que el desempeño global de la economía muestra la continuidad de la crisis hasta casi el final de la guerra, el desempeño externo en términos de balanza comercial fue ampliamente favorable. ¿Cómo es posible la riqueza en medio de la crisis? Hasta hace poco, no se contaba con estas recientes estimaciones de producto, a pesar de que estudios realizados hace ya varios años (Barrán-Nahum 1985 y 1987) percibían esta situación paradójica y ponían en evidencia que durante la guerra el medio urbano montevideano revelaba todas la dimensiones de la crisis: fuerte caída del salario real, incremento de los alquileres, desocupación, eran los síntomas de una deteriorada situación social que había comenzado con la crisis de 1913 y empeorado en los años de la guerra.

Este panorama de crisis social urbana indica la pista para la resolución de la aparente paradoja. La localización urbana del deterioro señala una diferenciación económico-geográfica relevante para el problema en cuestión. Mientras que la economía y la sociedad urbanas recibieron, sin mediaciones de ninguna especie, todo el peso de las restricciones impuestas por la crisis y la guerra, la economía y la sociedad ganaderas se beneficiaron ampliamente, también sin mediaciones, del notable incremento del valor de nuestras exportaciones. El enriquecimiento durante la guerra tuvo un claro carácter clasista: se enriqueció directamente el sector ganadero y hubo cierta distribución al interior de la sociedad rural.

Las estimaciones del PBI (global y sectorial) y de las de importaciones y exportaciones, junto con algunas otras referidas a la evolución del gasto público y de los salarios reales durante la guerra, nos acercan a una posible explicación que resolvería esta paradoja. La reducción y encarecimiento de las importaciones y la caída de la recaudación junto con la restricción del crédito externo, generaron una fuerte retracción del gasto y la inversión públicos, un encarecimiento del consumo y una caída de la producción manufacturera. Mientras tanto, la positiva evolución de la demanda externa y de los precios internacionales de nuestros productos ganaderos, generó un fuerte incremento del valor de las exportaciones, aun cuando el volumen de la producción no creció de la misma manera.

Estas dos situaciones nos permiten explicar cómo pudieron convivir la bonanza de los ganaderos y sus sectores subalternos con el empobrecimiento de los sectores populares urbanos que se vieron afectados por partida doble: desde el mercado por la caída del empleo y del salario real privado, y desde el Estado por la retracción del gasto público. Al mismo tiempo, se hace comprensible la simultaneidad de la caída del PBI (que recién en 1922 recuperará el nivel de 1912), o sea, la recesión económica global durante la guerra, con el buen desempeño exportador: el producto industrial cae y el producto ganadero ya muestra síntomas de estancamiento.

Hubo un intento de revertir la situación apelando a una redistribución del ingreso: la radicalización del batllismo ante la crisis de 1913 fue, como vimos, una apuesta a invertir la pirámide impositiva cargando crecientemente a los sectores propietarios. Sus dificultades para concretarse inmediatamente y su abandono contundente a partir de 1916, sellaron la suerte de esa alternativa para revertir los términos sociales de la crisis así como su ecuación económica. Una buena parte de los ingresos por exportaciones se acumuló en cuentas radicadas en el BROU y permitió ampliar la base para sostener los créditos a los aliados en 1918 así como autorizar una emisión monetaria suplementaria.

Al mismo tiempo, el presupuesto del Estado –y con él la inversión y el gasto públicos– se achicó radicalmente ante la caída de la recaudación que gravaba el consumo popular y los insumos para la industria. La imposibilidad de reorientar la carga impositiva hacia el sector económico-social donde la riqueza que ingresaba vía exportaciones acrecidas y apreciadas se acumulaba, perpetuó la penuria fiscal[10]. Una vez más, en este caso, como suele suceder con los fenómenos históricos, un peculiar anudamiento de factores económicos, sociales y políticos, internos y externos, está en el centro de la compleja explicación de una realidad paradójica pero a la vez comprensible.

Podría afirmarse, abusando de sus límites cronológicos, que los años veinte constituyen un período en que el Uruguay y América Latina transitan desde el primer choque externo del siglo XX (la Primera Guerra Mundial) hasta la crisis final del modelo de crecimiento inducido por las exportaciones. Se ha señalado este período como una transición desde el apogeo hacia el agotamiento del crecimiento hacia afuera y el vuelco hacia el mercado interno de los años treinta (Bértola 1991).

Luego del impacto de la Primera Guerra Mundial y la importante depresión de la posguerra (1920-21), la economía uruguaya muestra síntomas de recuperación y se retoma la senda de crecimiento. Entre 1922 y 1930 crece a una tasa acumulativa anual del 6.6%, que representa un ritmo mayor incluso que el constatado en la primera fase de crecimiento (1900-1912), que era del orden del 4% anual. El modelo parecía recuperar la vitalidad.

Sin embargo, la dinámica de este fenómeno tiene facetas diferentes a lo ocurrido antes del conflicto bélico. Por un lado, los precios de los productos primarios tuvieron una fuerte caída que sólo se pudo compensar acelerando la extracción de ganado; por otro, el país avanzó peligrosamente en los niveles de endeudamiento, la deuda pública externa creció notablemente desde 1921 y, en buena medida, para atender problemas financieros (Tajam 2000).

El país mantuvo sus características agro-exportadoras y, a pesar de un incipiente crecimiento de la industria manufacturera, no evidenció un proceso de industrialización fuerte, ni transformó las bases de su inserción internacional. Por tal razón, las profundas transformaciones operadas en la economía mundial a partir de la Gran Guerra condicionaron severamente el funcionamiento del modelo de crecimiento vigente desde las postrimerías del siglo XIX.

El fracaso del batllismo en conseguir cambios de fondo en la estructura productiva y especialmente en el sistema fiscal, fue sucedido en los años veinte por la política de compromiso (Nahum 1975) que perpetuó el bloqueo del reformismo. Además, el ambiente intelectual se vio teñido de un optimismo fácil, al constatar los progresos indudables del país en sus primeros cien años de vida. Los contrastes hacia el final de la década podían encontrarse en el descontento de los ganaderos, los saldos negativos de la balanza comercial y el incremento de los servicios de la deuda externa.

A pesar del ingenuo optimismo del Uruguay del Centenario, puede señalarse algunas manifestaciones de la toma de conciencia de la situación delicada que ofrecía la economía nacional. Entre ellas, merecen especial mención las medidas de política económica impulsadas por el Consejo Nacional de Administración que permiten ubicar por esos años el segundo impulso reformista del batllismo, que ya hemos mencionado. Y, como contracara, la creación del Comité Nacional de Vigilancia Económica, promovida por los sectores conservadores, especialmente la Federación Rural.

La magnificencia de algunas obras públicas (el Palacio Legislativo inaugurado en 1925, el Estadio Centenario erigido en 1930, entre otros tantos ejemplos posibles) y los éxitos deportivos (campeones olímpicos de fútbol en 1924 y 1928, campeones de la primera copa mundial organizada por la FIFA en 1930 en el propio Estadio Centenario) alimentaron el optimismo con que el país conmemoró sus primeros cien años. Por debajo, el modelo evidenciaba sus límites. La depresión económica mundial impactó en un país que ya estaba en crisis. Los uruguayos festejaron eufóricamente su Centenario “de espaldas al precipicio” (Caetano-Jacob 1989).

Población y nivel de vida

Las estimaciones disponibles permiten ubicar la población del país en algo menos de un millón de habitantes al comenzar el siglo XX (Pereira-Trajtenberg 1966, Rial 1981). Hacia 1930 superaba el millón y medio, lo que evidencia un importante crecimiento (alrededor del 2% anual). El factor dinámico estuvo constituido por la migración internacional, fenómeno que disimuló la transición demográfica que se inició tempranamente en el país: el crecimiento vegetativo (nacimientos menos defunciones) se hizo cada vez más lento, fundamentalmente, por la caída del índice de natalidad.

Una de las características que resaltan en el Uruguay de 1900 es el elevado grado de urbanización y, especialmente, la concentración de la población en la capital                  –Montevideo– donde, según el Censo de 1908, residía un 30% de los habitantes del país. Si bien la llegada de migrantes internacionales puede explicar en parte el fenómeno, la causa más importante fue la migración interna. La ganadería extensiva expulsaba gente hacia los países vecinos (en la zona fronteriza) y hacia los centros poblados del interior o, directamente, a la capital.

El mismo Censo de 1908 ofrece la posibilidad de observar la distribución de la población en los principales sectores de actividad económica. De acuerdo con esta fuente, el 28% de la población estaba vinculado al sector primario –agro–, otro 28% al secundario –industria manufacturera y de la construcción– y el 44% a los servicios –comercio, transporte, banca, etc.– (Klaczko 1979). Esta estructura de la población contrastaba con la realidad de otras naciones de América Latina, por su “modernidad”, reflejada en el peso de los sectores secundario y, especialmente, terciario. Hacia 1930, la afluencia migratoria y la incipiente diversificación de la economía, sobre todo como resultado del crecimiento de la industria manufacturera y los servicios públicos, debieron profundizar esta imagen de “sociedad moderna” del Uruguay.

De los datos manejados en el párrafo anterior se deriva una interesante reflexión: en un país que crecía a influjos de la producción del campo, la población ocupada en esas labores apenas superaba una cuarta parte de la población económicamente activa. Y, para no salir del asombro, se puede constatar que la actividad pecuaria, base de las exportaciones que lideraban el crecimiento, ocupaba menos de la mitad de la población activa empleada en el agro. En cambio, la agricultura, que casi no participaba en el comercio exportador –y contaba con sólo un 5 ó 6% de la superficie productiva–, ocupó más del 50% de la población activa rural durante todo el período.

Un rasgo importante de esa sociedad rural fue el carácter predominantemente familiar de la fuerza de trabajo. En el caso de la agricultura, sector en el que se cuenta con estimaciones más precisas, la mano de obra asalariada –peones– creció a lo largo del período, pero en 1930 no llegaba al 12 % y aun en 1949, representaba sólo el 24% de los trabajadores agrícolas. Quizá en este fenómeno se encuentre una explicación a la ausencia de enfrentamientos entre patrones y proletariado rural en el agro uruguayo, como sí se produjeron a nivel latinoamericano (Bertino-Bucheli 2000).

Una manera de aproximarnos al nivel de vida en Montevideo, en las primeras tres décadas del siglo XX, es seguir la evolución del poder adquisitivo de los sectores asalariados. Un indicador relativamente confiable, a tales efectos, es el salario real. Este evidencia una tendencia al estancamiento, con grandes fluctuaciones, entre fines del siglo XIX y mediados de la década de 1920. El único período de crecimiento neto del poder adquisitivo de los asalariados uruguayos se concretó después de 1925 y llegó a su fin en 1933. Algunas cifras resultan elocuentes: entre 1897 y 1930 creció apenas un 6,5%. El peor momento de los sectores asalariados –en lo que respecta a su poder adquisitivo– se vivió en los años de la Primera Guerra Mundial y la inmediata posguerra. Entre 1910 y 1919 el salario real cayó en picada; en este último año llegó a sólo un 64% del de 1910.

La ya señalada tendencia al estancamiento, al menos hasta 1925, y las fuertes oscilaciones en el poder adquisitivo de los asalariados, son factores a tener en cuenta para entender el desarrollo de la actividad sindical en el período y las frecuentes huelgas, así como el origen –y el sentido– de buena parte de la legislación social del batllismo.

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Magdalena Bertino, Reto Bertoni, Héctor Tajam, Jaime Yaffé. histo@iecon.ccee.edu.uy


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