Mundo bipolar, desarrollismo y crisis estructural: el Uruguay ante el nuevo orden global (1945–1973). Unidad 7
La arquitectura del nuevo orden mundial: ONU y bipolaridad
El final de la Segunda Guerra Mundial no solo significó la derrota del nazifascismo; inauguró un orden político internacional radicalmente distinto. En 1945 se creó la Organización de las Naciones Unidas (ONU), concebida como instrumento de gobernanza global y prevención de conflictos. Sin embargo, desde sus inicios la institución quedó atravesada por la rivalidad entre las dos superpotencias emergentes: Estados Unidos y la Unión Soviética.
El mundo se organizó rápidamente en torno a una estructura bipolar, consolidada a partir de la Doctrina Truman (1947) y la política de “contención” frente a la expansión soviética. El enfrentamiento no adoptó la forma de guerra directa, sino de Guerra Fría, con conflictos periféricos, competencia tecnológica, carrera armamentística y disputa ideológica global (Hobsbawm, 1995).
En ese contexto, América Latina quedó definida como zona de influencia estadounidense, reafirmada por el sistema interamericano y la creación de la OEA en 1948. La lógica hemisférica comenzó a organizarse en torno a la seguridad continental y la prevención del avance comunista.
Bretton Woods y la “edad de oro” del capitalismo
El orden político bipolar se complementó con un orden económico estructurado desde Bretton Woods, que institucionalizó el liderazgo estadounidense a través del Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial.
Entre 1945 y comienzos de los años 70, el capitalismo occidental vivió su período de mayor expansión histórica: alto crecimiento, pleno empleo y expansión del Estado de bienestar. Hobsbawm denominó a esta etapa la “edad de oro” (Hobsbawm, 1995). Sin embargo, esta prosperidad descansaba sobre condiciones excepcionales: reconstrucción europea, hegemonía industrial estadounidense, energía barata y estabilidad monetaria.
Cuando esas condiciones comenzaron a modificarse —competencia europea y japonesa, tensiones monetarias, crisis del dólar y finalmente la crisis petrolera de 1973— el modelo global empezó a fracturarse. Uruguay, altamente dependiente del comercio exterior, no quedó al margen de esa transformación.
La creación del Estado de Israel y el reordenamiento geopolítico
En 1948 se proclamó el Estado de Israel, decisión que desencadenó una nueva dinámica de conflictos en Medio Oriente. Más allá de su dimensión regional, la cuestión israelí se integró rápidamente a la lógica bipolar, con alineamientos estratégicos y repercusiones en el equilibrio energético mundial.
Décadas después, la inestabilidad en Medio Oriente impactaría directamente en el sistema económico global a través de la crisis petrolera de 1973, marcando el fin de la expansión ininterrumpida de la posguerra.
América Latina: industrialización, populismo y tensiones sociales
En América Latina, el contexto de posguerra favoreció la profundización de la industrialización por sustitución de importaciones (ISI), impulsada intelectualmente desde la CEPAL por Raúl Prebisch. El diagnóstico era claro: el comercio internacional reproducía desigualdades estructurales entre centro y periferia (Prebisch, 1950).
En ese marco emergieron regímenes que combinaron nacionalismo económico, expansión estatal y liderazgo carismático, como el de Juan Domingo Perón en Argentina o el de Getúlio Vargas en Brasil. Estos populismos integraron a las masas urbanas al sistema político, ampliaron derechos laborales y promovieron industrialización, pero también generaron estructuras económicas altamente dependientes de la coyuntura externa.
Uruguay no desarrolló un populismo clásico, el neobatllismo compartió rasgos estructurales: Estado fuerte, expansión del empleo, redistribución y protección industrial. La diferencia radicó en la persistencia institucional democrática y el sistema colegiado.
Las etapas hacia la Revolución Cubana
La crisis de los modelos desarrollistas y la desigualdad social en varios países latinoamericanos generaron escenarios de radicalización política. En Cuba, el régimen autoritario de Batista, la dependencia económica y la desigualdad estructural desembocaron en la Revolución liderada por, triunfante en 1959.
El alineamiento posterior de Cuba con la Unión Soviética transformó el Caribe en un frente directo de la Guerra Fría. La invasión de Bahía de Cochinos (1961) y la Crisis de los Misiles (1962) consolidaron la percepción estadounidense de que el comunismo podía expandirse en el hemisferio.
La política de Estados Unidos hacia América Latina se redefinió entonces bajo la lógica de la seguridad continental, combinando asistencia económica (Alianza para el Progreso) con apoyo a regímenes anticomunistas.
Uruguay ante el nuevo escenario hemisférico
Para Uruguay, este contexto tuvo consecuencias profundas. El agotamiento del modelo neobatllista coincidió con:
deterioro de términos de intercambio,
creciente polarización ideológica,
radicalización sindical y estudiantil,
influencia simbólica de la Revolución Cubana,
presión hemisférica en clave anticomunista.
La crisis ya no era solo económica. Se volvía estructural y política. La restricción externa se combinó con conflictividad social y transformación ideológica de sectores juveniles y sindicales.
Como advierte Finch (1981), el estancamiento económico de fines de los años cincuenta erosionó la legitimidad del pacto social batllista. A partir de allí, Uruguay ingresó en un ciclo de inestabilidad que desembocaría, años más tarde, en la ruptura institucional.
Bibliografía de referencia
Caetano, G., & Rilla, J. (1994). Historia contemporánea del Uruguay.
Finch, H. (1981). A Political Economy of Uruguay since 1870.
Hobsbawm, E. (1995). Historia del siglo XX.
Prebisch, R. (1950). El desarrollo económico de América Latina.

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