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jueves, 5 de febrero de 2026

La economía internacional y sus repercusiones en el Uruguay entre 1930-1945.Trabajo realizado por el Instituto de Economía: histo@iecon.ccee.edu.uy Fragmento.

La economía internacional







El cuarto de siglo que siguió a la profunda crisis iniciada en los Estados Unidos en 1929, presenta dos períodos bien delimitados: de 1930 a 1945 se sufre, casi a escala planetaria, la “gran depresión” y la impresionante destrucción de fuerzas productivas que significó la Segunda Guerra Mundial; después de 1945 el mundo asistió a un impresionante fenómeno de crecimiento económico y de instauración de un conjunto de instituciones que definieron un nuevo sistema mundial de comercio y pagos ofreciendo, a quienes lograron constituirse en centro de ese nuevo sistema, la posibilidad de disfrutar de una nueva edad de oro del capitalismo que llegaría hasta la crisis de los años setenta.

La depresión capitalista, que se desarrolla a partir del “crack” de la Bolsa neoyorquina de 1929, fue la crisis más profunda que padeció el capitalismo en su historia. El 24 de octubre de 1929 –el “jueves negro” de la historia financiera norteamericana– el pánico provocó una avalancha masiva de venta de acciones, haciendo que los precios de las mismas cayeran vertiginosamente, eliminando millones de dólares en valores ficticios. Otra oleada de ventas se produjo el 29 de octubre. Un buen indicador de la gravedad de la situación es el índice de los precios bursátiles: de una máxima de 381 cayó a 198 el 13 de noviembre.


Ante el pánico desatado, los bancos exigieron el pago de los préstamos realizados en el marco de la euforia especulativa de los “locos años 20”, forzando aun más a los inversores a ofrecer sus acciones en el mercado al precio que quisiera dárseles. Los inversionistas norteamericanos que habían realizado operaciones en Europa dejaron de hacerlo y vendieron su activo allí para repatriar los fondos. Este retiro de capitales de Europa continuó a lo largo del año 1930, situando al sistema financiero bajo una presión insoportable. Acompañando esta debacle financiera, los precios de las mercancías bajaron cada vez más, y, a través de las vías del comercio internacional, se transmitió también la crisis a los países productores de bienes primarios.

Este incompleto relato de la transmisión de la crisis bursátil, sólo pretende ubicar al lector en aquellos momentos. Pero la quiebra de la Bolsa no fue la causa de la profunda recesión que se instaló desde 1930; los años anteriores habían engendrado suficientes desequilibrios como para provocarla.

En el plano de la “economía real” se había vivido después de la Primera Guerra Mundial un extraordinario despliegue tecnológico que multiplicó la producción hasta límites incompatibles con la capacidad de consumo. Esto fue cierto no sólo en el sector industrial que venía revolucionándose desde hacía más de un siglo, sino también en el sector agrícola.

La distribución del ingreso, por su parte, mostró extremas desigualdades, llevando a la concentración de la riqueza en un sentido inverso a lo que la expansión de la producción requería.

Estos síntomas no fueron visualizados como problemáticos por los contemporáneos, más allá de los naturales ajustes y desajustes de la economía liberal, regulada por el sacrosanto “dejar hacer, dejar pasar”. La expansión del crédito apareció como una solución lo suficientemente sencilla para compensar los desequilibrios temporales. Es que se había vivido la reconstrucción de posguerra y luego la expansión de los años veinte como el reflejo de un sistema capitalista sano y dinámico, capaz de superar de manera rápida los contratiempos ocasionados por la “Gran Guerra” y sus secuelas.

El retorno al patrón oro fue considerado la cuestión fundamental para volver a un régimen multilateral de comercio y pagos y así restaurar el mecanismo del ajuste automático, garantía de estabilidad y orden a nivel planetario hasta 1914. A ello se dirigieron los mayores esfuerzos de los gobiernos.

Cuando se inició el espiral depresivo en 1929, nadie –o casi nadie– pensó en una catástrofe; la fe en el catecismo liberal fue fatal. La falta de disposición para cambiar el rumbo de la política económica hizo que la respuesta demorara demasiado y esto provocó que la depresión fuera más intensa y duradera. La “gran depresión” había comenzado.

Después de 1930, ante la gravedad de la situación, se apeló a recetas proteccionistas y este tipo de medidas que se generalizaron, como una verdadera reacción en cadena, condujo a una desorganización completa de la red de intercambios mundiales[16]. En los tres primeros meses de 1931, el total del comercio internacional había descendido a menos de dos tercios del valor alcanzado en el primer trimestre de 1929.

En mayo de 1931 el Creditanstalt austríaco, de Viena, uno de los bancos más grandes e importantes de Europa Central, suspendió sus pagos. En Gran Bretaña, el 21 de setiembre de 1931, el gobierno autorizó al Banco de Inglaterra a suspender los pagos en oro.

Varios países fuertemente afectados por la caída de los precios de sus productos primarios, como Argentina, Australia y Chile, habían abandonado ya el patrón oro. Entre setiembre de 1931 y abril de 1932 lo hicieron oficialmente veinticuatro países más, y otros, aunque nominalmente lo seguían, habían suspendido en realidad los pagos en oro.

Sin un patrón internacional común, los valores de las monedas fluctuaron sin sentido, en respuesta a la oferta y la demanda, influidos por la fuga de capitales y los excesos del nacionalismo económico. Esta quiebra del sistema multilateral de comercio y pagos dio lugar a mecanismos totalmente heterodoxos como los sistemas de preferencia imperial y los convenios bilaterales.

El primer tipo de solución perjudicó especialmente a los países vinculados estrechamente al comercio británico. Ante la recesión agrícola los dominios británicos presionaron al Reino Unido para que los ayudara a enfrentar la difícil situación, garantizándoles la colocación de sus productos mediante restricciones a las importaciones provenientes de países que no pertenecieran a la Comunidad Británica (Commonwealth). Esta política se materializó en la Conferencia de Ottawa, en 1932, que afectó directamente a Uruguay al reducirse su “cuota” como proveedor de carnes a Gran Bretaña.

El segundo tipo de solución consistió en la celebración de acuerdos comerciales entre países cuya complementariedad productiva hacía posible un régimen similar al “trueque”, para evitar el uso de oro o divisas. La modalidad consistía en una especie de “clearing”, o sea, la apertura de cuentas corrientes en cada país, mediante las cuales se hacían todos los pagos del intercambio comercial.

El resultado de estos procesos fue la conformación de áreas bien definidas a nivel mundial, de acuerdo con la moneda con la que se podía comerciar: el área del dólar, el área de la libra y –hasta el decreto de inconvertibilidad del franco– el área del oro.

El problema más grave se originaba en aquellos países que debían triangular, o sea, vender en un área y comprar en otra. Era el caso de algunos países latinoamericanos de zonas templadas, incluido Uruguay, que exportaban bienes primarios al área de la libra pero debían adquirir gran parte de sus materias primas, combustibles, ciertos bienes de consumo duradero y maquinaria en el área del dólar.

La caída drástica del comercio internacional entre 1929 y 1932 indujo otras similares en la producción, definiéndose así las características más generales de la “gran depresión”: su carácter mundial, su intensidad, la enorme contracción del comercio mundial, la espiral deflacionista y la caída radical del empleo.

Junto a los efectos directamente económicos, las consecuencias de la recesión en el plano de la política económica a largo plazo también merecen atención. Después de los primeros meses de estupor, los gobiernos de los distintos estados dejaron de lado las recetas liberales y decidieron intervenir en la actividad económica, buscando, en principio, paliar los efectos más nocivos de la crisis y luego encauzar la producción y el consumo nacionales del modo más independiente posible de las nefastas influencias externas.

En aquellos países en que las estructuras del capitalismo coexistían con un poder autoritario, como Alemania, Italia y Japón, la acción estatal consistió en una reglamentación estricta de todas las actividades económicas y en el desarrollo de la industria bélica como sector dinámico de generación de demanda y empleo, especialmente desde 1935.

En los Estados Unidos, el triunfo en 1933 del Partido Republicano y el ascenso de Franklin D. Roosevelt dieron lugar a un experimento económico de gran trascendencia, el “New Deal”. El programa de Roosevelt se basaba en un fuerte respaldo a la inversión mediante la intervención estatal, facilitando el crédito y realizando obras públicas para estimular la demanda. Al mismo tiempo, se procuraba impedir la baja del ingreso de los agricultores, instrumentar un sistema de seguridad social frente a los problemas más graves, estimular la negociación colectiva de los salarios y salvar de la bancarrota al sistema bancario. En el plano del comercio internacional se procuró abandonar progresivamente las políticas proteccionistas y se devaluó el dólar.

En todos los países del mundo capitalista se puede constatar, en los años 30, un aumento del papel del gobierno en la economía y un cambio gradual en la actitud hacia la política económica (que después de la Segunda Guerra Mundial fue denominada la “revolución keynesiana”). En los países de América Latina se realizaron grandes esfuerzos para desarrollar industrias propias que permitieran sustituir las importaciones y con ello reducir los efectos negativos de la dependencia exterior sobre la balanza de pagos.

La “gran depresión” no llegó a superarse completamente por las políticas activas como el New Deal, aplicadas en los países más desarrollados, sino por el inmenso proceso de destrucción de recursos y vidas que significó la Segunda Guerra Mundial. Durante su transcurso la producción mundial creció, como consecuencia del esfuerzo bélico. La industria norteamericana, por ejemplo, alcanzó tasas de crecimiento superiores al 15% anual.

En todos los países la intervención estatal en la economía se profundizó para organizar el racionamiento de productos esenciales, la distribución de materias primas según las prioridades bélicas y la reorientación de la mano de obra hacia actividades vinculadas directa o indirectamente con la guerra.

Desde el punto de vista de los países latinoamericanos, que vivían el proceso de industrialización sustitutivo de importaciones, la guerra tuvo un impacto contradictorio. Por un lado, la demanda de alimentos y materias primas generó un incremento de los precios internacionales de los mismos, lo que, sumado a las dificultades de importar productos de Europa y otros países involucrados en el conflicto, dio por resultado balances comerciales favorables; esto, a su vez, proveyó a las economías de divisas capaces de estimular el impulso industrializador concretado en los años treinta. Pero, como contrapartida, se debió soportar la escasez de materias primas, combustibles y maquinarias esenciales para la producción, generándose, en consecuencia, un crecimiento interesante sólo en aquellos sectores que tenían menos dependencia de los insumos externos y una base tecnológica más sencilla.

El final de la Segunda Guerra ofreció novedades importantes desde el punto de vista de la correlación de fuerzas internacional. Europa mostraba un panorama económico sombrío: la producción industrial y agrícola en 1945 era la mitad, o menos, de lo que había sido en 1938. Además de los daños a la propiedad y las bajas humanas, millones de personas habían sido arrancadas y alejadas de sus hogares y familias, y otras tantas se enfrentaban a la perspectiva de morir de hambre.

Antes de la guerra, Europa importaba más de lo que exportaba, alimentos y materias primas en particular, y pagaba la diferencia con las ganancias producidas por sus inversiones en el extranjero, su marina mercante y sus servicios financieros. Después de la guerra la desarticulación de los mercados de bienes y capitales, sumada a la obligada liquidación de gran parte de las inversiones en el extranjero, hizo sumamente difícil abordar la reconstrucción. Vencedores y vencidos sufrieron las mismas calamidades.

La “sagrada unión” de los diferentes sectores sociales y políticos en la lucha contra los fascismos amenazaba con desmoronarse ante los graves problemas de sobrevivencia y la emergencia de la URSS, como nueva potencia mundial, constituía un peligro latente de expansión del socialismo en Europa.

La ayuda no demoró en llegar y los Estados Unidos, el otro término de la ecuación mundial de posguerra, contribuyeron decisivamente a levantar un muro de contención frente al comunismo.

En primera instancia, la ayuda se materializó a través de organismos de las Naciones Unidas, como la Administración de Ayuda y Reconstrucción (UNRRA) que, entre 1945 y 1946, distribuyó más de 20 millones de toneladas de alimentos, ropa, mantas y medicamentos. En conjunto, entre el 1° de julio de 1945 y el 30 de junio de 1947, por medio de concesiones a la UNRRA y otras ayudas urgentes, los EE.UU. pusieron a disposición de Europa 4.000 millones de dólares y casi 3.000 millones más para el resto del mundo.

Ante la insuficiencia de aquellas partidas, desde 1947, se implementó desde Washington el denominado Plan Marshall por el que, al tiempo que se suministraba ayuda a Europa para su reconstrucción, se consagraban actos decisivos para la “contención del comunismo” (doctrina Truman). Hasta 1952, los Estados Unidos aportaron otros 13.000 millones de dólares.

Esto permitió a los países de la Organización Europea de Cooperación Económica (OECE), institución creada para administrar y distribuir las partidas otorgadas por el Plan Marshall, importar del área del dólar artículos que en Europa escaseaban. Casi un tercio consistió en alimentos, forrajes y fertilizantes, sobre todo durante el primer año del programa. Después la prioridad se trasladó a los bienes de capital, materias primas y combustibles, a fin de permitir a las industrias europeas reconstruirse y exportar. Esto determinó que los principales países de Europa Occidental consumaran su reconstrucción e iniciaran procesos de integración regional que culminarían al promediar la década de 1950 en el Tratado de Roma y el nacimiento de la Comunidad Económica Europea (CEE).

En la década siguiente a la finalización de la guerra la propia magnitud de la tarea de reconstrucción concedió a los estados un papel cada vez más destacado y necesario en la vida económica y social. Y no sólo en los países que habían sufrido la destrucción de la guerra (Europa, Japón); incluso en los Estados Unidos se aprobó la Employment Act de 1946, que creaba el Consejo de Asesores Económicos del Presidente y comprometía al gobierno federal a mantener un alto nivel de empleo. El Estado “juez y gendarme” había pasado a ser una institución del pasado.

La necesidad de la planificación y la construcción institucional, el establecimiento de un nuevo orden económico internacional, también fue asumida ya desde antes de terminar la guerra. En agosto de 1941, en una reunión llevada a cabo a bordo de un acorazado, Roosevelt y Churchill firmaron la “Carta del Atlántico”, en la que comprometieron a sus respectivos países a emprender la instauración de un sistema multilateral de comercio, en lugar del bilateralismo predominante desde la década de 1930. Los vientos parecían propicios para cerrar un período, iniciado con la Primera Guerra Mundial, cuya manifestación más visible había sido la desintegración económica mundial.

En 1944, durante la conferencia internacional realizada en Bretton Woods, se concretaron las bases para la creación de dos instituciones internacionales que ocuparán un papel fundamental en el funcionamiento del nuevo orden: el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Internacional de Reconstrucción y Fomento (BIRF).

El FMI tendría la responsabilidad de dirigir la estructuración de los intercambios entre las diversas monedas mundiales y también la de financiar los desequilibrios en los pagos a corto plazo entre los países. El BIRF, también conocido como el Banco Mundial, concedería préstamos a largo plazo para la reconstrucción de las economías devastadas por la guerra y, más tarde, para el desarrollo de las naciones pobres del mundo.

En Bretton Woods también se presentó la iniciativa de crear una Organización Internacional de Comercio (OIC) que estableciera las reglas “para el comercio justo entre las naciones”. Esto no prosperó, las barreras proteccionistas y los intereses creados en torno a ellas en los distintos países, hicieron imposible llegar a acuerdos de liberalización general. Pero se concretó el nacimiento, en Ginebra en 1947, de una institución mucho más modesta en sus objetivos como lo fue el Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT). Los firmantes se comprometían, como un paso inicial hacia el multilateralismo, a extender la cláusula de la nación más favorecida a los demás (es decir, no discriminar a naciones), reducir los aranceles, no recurrir a restricciones cuantitativas (cuotas) y eliminar las existentes[18].

A pesar de los negativos presagios de mediados de la década de 1940, bajo el liderazgo de los Estados Unidos de América se logró reestructurar la economía mundial sobre la base de los principios del sistema capitalista y a partir de la década de 1950 se vivió, en torno a los países industriales del mundo, el más largo período de crecimiento ininterrumpido con las tasas de crecimiento más altas de la historia. El crecimiento medio del PBI mundial por habitante desde 1950 hasta 1973 alcanzó el 4,5% anual.

Sin embargo, la economía mundial mostró –también como nunca– un extraordinario crecimiento de la desigualdad entre los pueblos del mundo. El contraste entre la riqueza del “Norte” y la miseria del “Sur” fue también parte de la historia económica de la posguerra.

La “nueva edad de oro del capitalismo” fue el resultado de un cambio fundamental en las relaciones de intercambio internacional; un nuevo patrón de comercio intraindustrial sustituyó al predominante hasta 1930, de carácter esencialmente interindustrial[20]. Esto dificultó extraordinariamente las posibilidades de inserción de las economías periféricas, incapaces de competir en productividad con las potencias económicas que se movían en la frontera tecnológica.

El carácter dependiente y periférico de la economía uruguaya quedó claramente de manifiesto cuando la crisis económica mundial hizo inviable el modelo de inserción que había perfilado desde fines del siglo XIX.

Las medidas adoptadas por el Consejo Nacional de Administración entre 1930 y 1932, instauraron las bases de la respuesta nacional al impacto de la crisis internacional, pero fue la política económica del terrismo la que erigió un conjunto de instituciones reguladoras del sector externo y del sector financiero de la economía uruguaya, cuyo objetivo inmediato fue paliar la crisis, pero que determinó cambios tan sustanciales de los precios relativos en la economía, que con su permanencia en el tiempo fue configurando un nuevo modelo económico[21].

Al igual que las críticas dirigidas desde la teoría económica neoclásica, contra el cerramiento de América Latina en los años 30, cabe como explicación también para el Uruguay que la caída de los precios internacionales, la pérdida de mercados tradicionales para los bienes exportables, la tendencia al déficit de la balanza de pagos y la escasez de divisas obligaron a medidas de excepción, como en todo el mundo.

La Segunda Guerra Mundial y la inmediata posguerra ofrecieron al Uruguay la posibilidad de acumular divisas producto de una demanda internacional exagerada por las condiciones bélicas y una consecuente coyuntura favorable en los términos de intercambio. Pero esta situación cambió en la década de 1950 y puso al país en una difícil encrucijada, pues el comercio por sí solo crea ganancias de una vez y para siempre y lo que queda como base del crecimiento es el cambio tecnológico y el aumento de la productividad en ramas que encuentren una rápida expansión de la demanda (Bértola 2000:107). En ese terreno el Uruguay no consiguió, a pesar de la activa intervención del Estado, superar los problemas fundamentales que afectaban su estructura productiva.

La regulación estatal que pudo redistribuir los ingresos, sobre la base de privilegiar la producción manufacturera local y la expansión del mercado interno, por la vía de incrementar el ingreso de los sectores asalariados, mostró una escasa capacidad de respuesta cuando la coyuntura internacional cambió después de la reconstrucción de Europa.

Los instrumentos utilizados por el neobatllismo mantuvieron una protección indiscriminada, sin exigir contrapartidas a los altos niveles de rentabilidad garantizados a la industria nacional. Tampoco se avanzó en el desarrollo de una capacidad innovativa autónoma, los distintos agentes económicos no se comprometieron en la gestación de ámbitos propicios a la innovación y, por parte de los empresarios, en la inversión en actividades vinculadas a la investigación aplicada y el desarrollo experimental. Esta actitud se vincula –en parte– con la escasa valorización que se tenía respecto a las actividades de investigación científico-tecnológica. Esta situación no permitió promover, a través de estímulos selectivos, un patrón de especialización productiva capaz de alcanzar niveles de competitividad que ofrecieran la posibilidad de reinsertar al país en las nuevas condiciones de la economía internacional.

La imposibilidad de una ventajosa reinserción en el nuevo patrón de comercio mundial hizo que afloraran, desde mediados de la década de 1950, todas las contradicciones del modelo de industrialización sustitutivo de importaciones. El crecimiento hacia adentro estaba agotado.

El desempeño económico global


Los dos modelos de crecimiento señalados están separados por una crisis y posterior recuperación en los años que van desde el impacto de la “gran depresión” hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial. Salvando algunas oscilaciones coyunturales, puede observarse que entre 1931 y 1944 el producto está estancado  a pesar de las activas medidas de intervención económica definidas e implementadas desde el Estado. Esta constatación, sumada a las ya señaladas acerca del primer batllismo y los efectos de la Primera Guerra Mundial, interpela seriamente la visión generalmente aceptada según la cual el Uruguay siempre se habría beneficiado de las desgracias ajenas. Las dos guerras y la “gran depresión” no fueron beneficiosas para la economía uruguaya a juzgar por el desempeño económico que exhiben las ya mencionadas recientes estimaciones del PBI uruguayo.

Estos tres desastres en la economía y la sociedad mundial en el período que Hobsbawn bien llamó era de las catástrofes, afectaron al Uruguay de forma diferente, de acuerdo con las transformaciones que se venían operando en la estructura económica del país y en sus políticas económicas.

Durante las dos guerras mundiales los precios de los productos exportados tuvieron un gran incremento. En el primer caso, con un sector interno todavía muy débil y una economía muy abierta, las ganancias extraordinarias obtenidas por el sector exportador no se transfirieron a la economía en su conjunto. No hubo medidas del Estado para concretar esa transferencia.

En cambio, al estallar la Segunda Guerra Mundial el país era muy diferente, con un sector interno muy desarrollado, una industria dinámica y un Estado que venía controlando el comercio exterior desde que se hicieron sentir los efectos de la crisis de 1929. Parte de las ganancias obtenidas por el sector exportador fueron transferidas al desarrollo de la industria, la agricultura y los servicios y a una política de mayor equidad distributiva, posibilitando la concreción de un nuevo modelo.

Este modelo se constituye en factor explicativo básico del tercer escenario de crecimiento identificado (1944-1957). El mismo se corresponde con la culminación de un importante proceso de cambio estructural (variación de la participación sectorial en la generación de la riqueza).

Como respuesta a las restricciones impuestas al modelo agro-exportador, primero por sus propias limitaciones y luego por el impacto de la “gran depresión”, se puso en práctica en el país una serie de medidas de política económica que, en el marco de un mercado mundial desestructurado y hostil, permitió “capear el temporal”, dinamizando actividades vinculadas al mercado interno y operándose un embrionario proceso de diversificación productiva. A este fenómeno se lo ha denominado industrialización sustitutiva de importaciones.

La industria cobró importancia como actividad capaz de procesar materias primas nacionales e importadas, ahorrando divisas y generando una reactivación económica general y convirtiéndose, desde entonces, en el sector más dinámico. Por supuesto que la dependencia “natural” de este sector respecto a los insumos energéticos, la tecnología y ciertas materias primas extranjeras, impuso un fuerte grado de intervencionismo estatal para ahorrar divisas, priorizar su gasto y fomentar la actividad manufacturera. A la sombra de estas “inevitables” medidas nació y se desarrolló una política industrial en la cual el proteccionismo pareció ser la clave.

Esta tercera fase de crecimiento también se corresponde con la culminación de un importante proceso de construcción institucional (establecimiento de reglas y mecanismos que modelan el comportamiento de los agentes) orientado a la regulación económica, cuyo origen puede remontarse al final de los años veinte en el marco de un segundo impulso batllista (Jacob 1986), y más definidamente a partir de 1931 cuando el establecimiento del control de cambios marcó el punto fundacional de una serie de reglamentaciones del comercio exterior que se irían completando en el curso de los treinta y los cuarenta.

Este proceso de construcción institucional fue abarcando un conjunto creciente de aspectos del proceso económico (el comercio exterior, la industria, el mercado laboral, la comercialización interna de algunos bienes) hasta completar un denso andamiaje regulatorio. En este sentido, la aprobación de los Consejos de Salarios en 1943 marca un momento destacado del mencionado proceso. Observado hoy en el largo plazo, puede señalarse que su instalación en 1944 fue la culminación de la transición que se iniciara en 1913-1914 ante la crisis del primer batllismo y tomara un rumbo más definido a partir de 1931.

Aunque resulte en principio extraño, dada la firme oposición que Terra presentó frente a las medidas económicas del gobierno democrático que antecedió a su dictadura, puede decirse que la política económica del terrismo no se salió del cauce delineado desde fines de los años veinte. Por el contrario, confirmó y profundizó la tendencia preexistente pautada por las crecientes atribuciones regulatorias del Estado sobre la economía y por el estímulo a la diversificación productiva. Consideramos que 1943-1944 es un momento culminante de una transición iniciada en 1913-1914, y también el punto inaugural de un nuevo modelo que se configuraría plenamente durante el neobatllismo (1947-1958), y que cabe caracterizar como industrialista, pro-agrícola y redistributivista.

Desde el punto de vista de la transición de modelos, 1943 y1944 son años bisagra y también desde el punto de vista del desempeño económico global del país. En la segunda mitad de la década de 1930 el fuerte crecimiento industrial permitió la recuperación hasta 1939 de la economía uruguaya del duro golpe de la crisis de los primeros años treinta. La Segunda Guerra Mundial frenó esta tendencia, pero desde 1944 (en que se supera en forma consistente y duradera el PBI de 1939) se inicia una nueva fase de crecimiento económico que llegaría hasta 1957.

Después de concluida la Segunda Guerra Mundial se reestructuraron los mercados mundiales y, bajo el supuesto de la redistribución de las divisas que el país había logrado acumular durante el conflicto, más la favorable coyuntura que se extendió –en materia de precios– hasta después de la Guerra de Corea (1953), pudo concretarse un modelo de crecimiento nuevo con un fuerte contenido industrialista, pero también sustentado en una diversificación de la producción agrícola (cereales, oleaginosos, lácteos, lana y carne) y una protagónica acción reguladora del Estado.

La economía uruguaya exhibió en estos años de crecimiento con redistribución del ingreso, un fuerte dinamismo interno, base del buen desempeño global en un contexto de estancamiento agropecuario. Efectivamente, nuestros datos muestran que el grado de apertura externa de nuestra economía (la relación entre PBI global y comercio exterior y más específicamente entre PBI y exportaciones) cae notoriamente durante estos años.

La contrapartida de este cerramiento está en el creciente dinamismo interno que la economía uruguaya adquiere, dado por el impulso industrializador y el peso cada vez mayor del pequeño mercado interno, en el marco de una redistribución de ingresos que alcanzó a los sectores populares urbanos –especialmente aquellas ramas de actividad en que la organización sindical permitió aprovechar los mecanismos de negociación salarial obligatoria instalados a partir de 1944– elevando su poder adquisitivo y, consecuentemente, su nivel de consumo.

Sin embargo, el modelo encerraba una limitación y una contradicción que resultarían insuperables y lo conducirían a su fracaso: la estrechez insalvable del mercado interno –que hacía de la proyección exportadora la única alternativa viable para un desarrollo industrial sostenible– y la estrecha relación del proceso de industrialización con el desempeño del sector agropecuario. Detrás de la interesante dinámica que mostraba la industria manufacturera se escondía una gran dependencia de las importaciones, lo que implicaba necesidad de divisas para satisfacer los requerimientos del sector.

El éxito y la sustentabilidad del modelo estaban ligados a los logros de productividad y a la dinámica del sector exportador, en el que el estancamiento ganadero (que ya llevaba más de veinte años) se mostraba como una restricción difícil de superar. En la medida en que el sector manufacturero no alcanzó una competitividad al nivel internacional, entre otros motivos, por el efecto nocivo de la forma en que se practicó el proteccionismo, sólo podía mantenerse esa dinámica con una permanente transferencia de ingresos desde el sector primario exportador.

En la segunda mitad de la década de 1950 una nueva coyuntura internacional, en que los precios de nuestros productos exportables cayeron, puso a prueba el modelo “de crecimiento hacia adentro”. La restricción externa se volvió un obstáculo difícil de sortear con la escasa dinámica tecnológica que había desarrollado “la industria sustitutiva de importaciones” y el estancamiento agropecuario.

La serie del PBI nos muestra el año 1957 como la cima luego de la cual se dibuja una caída y el inicio de una fase de estancamiento perdurable del PBI por habitante, que recién se superaría en la segunda mitad de la década de 1970. La cantidad de bienes a disposición de la población hizo difícil el reparto pactado del excedente y, por consiguiente, ya no fue posible mantener la estabilidad socio-política derivada de aquel acuerdo básico. La disputa por mantener derechos conquistados y/o privilegios obtenidos provocó tensiones sociales y políticas. El modelo se encontraría por aquellos años con su propia crisis y se mostraría, luego de variados y dispares intentos, incapaz de superar.




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Trabajo realizado por el Instituto de Economía: histo@iecon.ccee.edu.uy






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