Datos personales

sábado, 7 de febrero de 2026

El Neobatllismo: componentes y modelo. Unidad 6

Tomás Berreta y la transición política hacia el neobatllismo

El retorno del batllismo al poder en la posguerra no se produjo de manera abrupta ni exclusivamente bajo el liderazgo de Luis Batlle Berres. En rigor, el proceso se inicia con la elección presidencial de Tomás Berreta en 1946, figura de trayectoria moderada dentro del Partido Colorado y representante de un batllismo que buscaba recomponer consensos tras las tensiones políticas y económicas de los años treinta.






Berreta asumió la presidencia en marzo de 1947 en un contexto marcado por el optimismo de la posguerra, pero también por los primeros indicios de agotamiento del crecimiento basado exclusivamente en el sector externo. Su gobierno fue breve —falleció en agosto de ese mismo año—, pero significativo en términos políticos: bajo su mandato se consolidó la reorganización del Partido Colorado y se afianzó la hegemonía del sector batllista que luego conduciría el proyecto neobatllista.

La muerte de Berreta no generó una crisis institucional, sino que habilitó una continuidad política decisiva. De acuerdo con la Constitución vigente, asumió la presidencia el entonces vicepresidente Luis Batlle Berres, quien imprimió al gobierno un perfil más definido en términos económicos e ideológicos. Este pasaje de mando marcó, en los hechos, el inicio del neobatllismo como proyecto político estructurado, con una orientación claramente dirigista y desarrollista (Finch, 1981).

Berreta aparece así como una figura de transición: su presidencia simboliza el retorno del batllismo al gobierno, mientras que su fallecimiento acelera el despliegue de un liderazgo más decidido, dispuesto a profundizar la intervención estatal y a redefinir la relación entre política, economía y sociedad.

La reforma constitucional y el retorno del colegiado

El proyecto neobatllista no se limitó a la política económica. Uno de sus rasgos distintivos fue la reconfiguración institucional del Estado, cristalizada en la reforma constitucional de comienzos de la década de 1950. La reinstalación del sistema colegiado no fue una innovación improvisada, sino la recuperación de una vieja aspiración batllista, asociada a la idea de limitar el personalismo presidencial y reforzar la conducción colectiva del poder.

El colegiado, inspirado en el ideario de José Batlle y Ordóñez, se presentaba como una forma de gobierno más acorde con una sociedad compleja, urbana y plural. En el contexto de la posguerra, esta propuesta adquiría un nuevo sentido: el Estado planificador y desarrollista requería instancias de decisión estables, técnicas y relativamente despersonalizadas, capaces de sostener políticas de largo plazo más allá de los ciclos electorales (Caetano & Rilla, 1994).

La reforma constitucional aprobada en 1951 y puesta en vigencia en 1952 estableció un Poder Ejecutivo colegiado, integrado por nueve miembros, con representación de las principales fuerzas políticas. Este diseño buscaba equilibrar gobernabilidad y control, al tiempo que reflejaba el predominio del batllismo en el sistema político uruguayo de la época.

Desde el punto de vista económico, el colegiado se convirtió en el marco institucional del dirigismo neobatllista. La expansión de las empresas públicas, la política crediticia del Estado, la regulación del comercio exterior y el impulso a la industrialización por sustitución de importaciones se desarrollaron bajo una lógica de consenso intraelitista, en la que el conflicto social era gestionado mediante la negociación y la redistribución.

Sin embargo, esta arquitectura institucional también introdujo rigideces. La toma de decisiones colegiadas tendía a ralentizar las respuestas frente a un entorno internacional cada vez más competitivo, mientras que la ampliación del gasto público y del empleo estatal profundizaba las tensiones fiscales. Como señala Real de Azúa, el colegiado fue simultáneamente una “solución política” y un “problema de eficacia”, expresión de las virtudes y límites del batllismo tardío (Real de Azúa, 1964).

Neobatllismo: política, Estado y economía en un mismo proyecto

La conjunción entre el liderazgo de Luis Batlle Berres y la reforma institucional colegiada dio forma a un proyecto coherente: Estado fuerte, economía dirigida y democracia social. El neobatllismo se asumió como heredero del batllismo clásico, pero también como su actualización frente a un capitalismo de posguerra marcado por la planificación, el consumo masivo y la centralidad del empleo urbano.

Este proyecto descansaba sobre una convicción compartida a escala internacional: que el crecimiento económico debía ser organizado desde el Estado y orientado al bienestar social. Uruguay no fue una excepción, sino un caso particular de una tendencia global. No obstante, las restricciones externas, el tamaño del mercado interno y la dependencia del comercio internacional anticipaban los límites de esta experiencia, que comenzarían a hacerse evidentes hacia fines de la década de 1950.


El modelo económico neobatllista: crecimiento dirigido y cohesión social

El neobatllismo no fue únicamente un proyecto político ni una restauración simbólica del legado batllista, sino un modelo económico coherente, basado en la convicción de que el crecimiento debía ser inducido desde el Estado y orientado al fortalecimiento del mercado interno. En este sentido, el Uruguay de fines de los años cuarenta y comienzos de los cincuenta se inscribe plenamente en la lógica del capitalismo de posguerra: intervención pública, regulación del crédito, expansión del consumo y negociación social.

A diferencia del batllismo clásico —que había actuado en un contexto de expansión del comercio mundial—, el neobatllismo debió enfrentar un escenario internacional más competitivo y restrictivo. De allí que el énfasis se desplazara hacia la industrialización por sustitución de importaciones, la protección del empleo urbano y el uso activo de los instrumentos estatales para sostener la demanda agregada (Finch, 1981).

El rol del Estado y la política crediticia: el BROU como eje del dirigismo

Uno de los instrumentos centrales del neobatllismo fue la política crediticia estatal, articulada a través del Banco de la República Oriental del Uruguay (BROU). Lejos de limitarse a funciones bancarias tradicionales, el BROU se convirtió en una herramienta de política económica, orientando el crédito hacia sectores considerados estratégicos: industria nacional, comercio interno, cooperativas y pequeñas y medianas empresas.

El acceso al crédito barato y regulado permitió sostener niveles elevados de inversión y empleo, al tiempo que reforzó el papel del Estado como mediador entre capital y trabajo. Esta política respondía a una lógica claramente keynesiana: estimular la actividad económica mediante el financiamiento público y evitar que la restricción crediticia frenara el crecimiento (Keynes, 1936; Nahum, 1998).

Sin embargo, esta expansión crediticia también generó presiones inflacionarias y una creciente dependencia del financiamiento estatal, problemas que permanecerían latentes durante toda la década.

Industrialización, protección y mercado interno

El neobatllismo profundizó la estrategia de industrialización por sustitución de importaciones, mediante aranceles, licencias de importación y controles cambiarios. El objetivo no era alcanzar una industrialización pesada, sino diversificar la estructura productiva, reducir la dependencia externa y generar empleo urbano.

La industria liviana —textil, alimenticia, metalúrgica básica— se expandió al calor del mercado interno y del consumo popular. El crecimiento salarial, la estabilidad laboral y la ampliación de derechos sociales actuaron como motores de la demanda, reforzando un círculo virtuoso entre salarios, consumo y producción (Caetano & Rilla, 1994).

Este modelo descansaba en un supuesto clave: que el sector agroexportador continuaría generando las divisas necesarias para sostener la industrialización. Cuando ese supuesto comenzó a debilitarse, el equilibrio del sistema empezó a resentirse.

Empresas públicas, regulación y soberanía económica

Las empresas públicas constituyeron otro pilar fundamental del modelo. Energía, combustibles, transporte y servicios básicos quedaron bajo control estatal, no solo por razones ideológicas, sino por su función económica estructural: garantizar insumos baratos y estables para la producción nacional.

El Estado empresario permitía amortiguar los efectos del mercado internacional y asegurar condiciones previsibles para la industria y el consumo. Como señala Real de Azúa, el neobatllismo llevó al extremo la idea batllista de que “el Estado no es un árbitro neutral, sino un actor económico central” (Real de Azúa, 1964).

No obstante, la expansión del sector público implicó un aumento sostenido del gasto estatal, que comenzó a tensionar las finanzas públicas en un contexto de crecimiento menos dinámico de las exportaciones.

Salarios, empleo y pacto social implícito

El neobatllismo se apoyó en un pacto social no formalizado, pero efectivo: crecimiento económico a cambio de estabilidad política. El aumento real de los salarios, la expansión del empleo público y la negociación colectiva consolidaron una amplia clase media urbana, base social del proyecto.

Esta estrategia permitió postergar conflictos sociales profundos, pero también rigidizó la estructura económica. La dificultad para ajustar salarios, gasto público y tipo de cambio frente a un entorno externo adverso fue uno de los factores que explican el agotamiento del modelo hacia fines de la década de 1950 (Finch, 1981).

13. Balance provisorio: virtudes y límites del neobatllismo económico

El neobatllismo logró articular crecimiento, inclusión social y estabilidad democrática en el marco del capitalismo de posguerra. Sin embargo, su dependencia del sector externo, la rigidez institucional del colegiado y las restricciones impuestas por el comercio internacional comenzaron a erosionar sus bases.

El mismo dirigismo que había sido su fortaleza se transformó progresivamente en un límite. Hacia 1959, las tensiones acumuladas —inflación, déficit, estancamiento exportador— marcarían el final de la etapa expansiva y abrirían un nuevo ciclo en la historia económica uruguaya.


El GATT y los límites del comercio internacional para una economía pequeña


La inserción del Uruguay en el sistema multilateral de comercio creado en la posguerra estuvo marcada por una contradicción estructural. La adhesión al GATT respondía a la lógica dominante del nuevo orden internacional: liberalización progresiva del comercio, reducción de barreras arancelarias y expansión de los flujos internacionales de bienes. Sin embargo, para economías pequeñas y primario-exportadoras como la uruguaya, este esquema planteaba serios límites estructurales.

En los hechos, el GATT consolidó una liberalización asimétrica. Las economías industriales mantuvieron mecanismos de protección —subsidios agrícolas, barreras no arancelarias, control de mercados— mientras que los países exportadores de materias primas quedaron expuestos a la volatilidad de los precios y a un deterioro persistente de sus términos de intercambio. Tal como advirtió tempranamente Raúl Prebisch, el comercio internacional tendía a reproducir desigualdades estructurales entre centro y periferia, incluso en contextos de crecimiento global (Prebisch, 1950).

Para el Uruguay neobatllista, esta inserción significó una paradoja: el modelo de industrialización y expansión del consumo interno requería divisas crecientes, pero el sistema internacional limitaba la capacidad de generarlas de manera estable.

La restricción externa: el talón de Aquiles del neobatllismo

La restricción externa se convirtió en el principal límite económico del proyecto neobatllista. El crecimiento del mercado interno, la expansión industrial y el aumento del consumo popular incrementaron la demanda de bienes importados —maquinarias, insumos, energía— en un país cuya estructura exportadora permanecía concentrada en pocos productos agropecuarios.

Mientras los precios internacionales fueron favorables, el modelo logró sostenerse. Pero cuando el dinamismo del comercio exterior comenzó a debilitarse a mediados de los años cincuenta, el equilibrio se tornó frágil. La escasez de divisas obligó al Estado a intensificar controles cambiarios, licencias de importación y asignaciones administrativas, reforzando el carácter dirigista del sistema (Finch, 1981).

Paradójicamente, estas mismas herramientas que habían sido eficaces en la fase expansiva comenzaron a actuar como factores de rigidez, dificultando la adaptación de la economía a un entorno internacional menos favorable. La restricción externa dejó de ser un problema coyuntural para convertirse en un rasgo estructural del modelo.

Inflación, estancamiento y tensiones distributivas

A fines de la década de 1950, las tensiones acumuladas comenzaron a manifestarse con mayor claridad. La expansión del gasto público, el sostenimiento del empleo estatal y la política crediticia expansiva presionaron sobre los precios, mientras el crecimiento económico mostraba signos de estancamiento.

El neobatllismo había construido su legitimidad sobre la base de un pacto social implícito: salarios en alza, empleo estable y consumo creciente. Cuando el crecimiento se desaceleró, ese pacto comenzó a resquebrajarse. Las tensiones distributivas se intensificaron y la inflación erosionó el poder adquisitivo de los sectores urbanos que habían sido la base social del modelo (Caetano & Rilla, 1994).

En este punto, el problema ya no era únicamente económico, sino también político. El sistema colegiado, diseñado para asegurar consensos, mostraba dificultades para adoptar decisiones rápidas y estructurales frente a una crisis que exigía ajustes profundos.

El agotamiento del modelo y el quiebre de 1959

Hacia 1959, el modelo neobatllista había alcanzado sus límites históricos. La conjunción de restricción externa, inflación, estancamiento productivo y rigidez institucional marcó el final de la etapa expansiva del capitalismo dirigido en Uruguay.

Este agotamiento no implicó el fracaso absoluto del neobatllismo, sino la evidencia de que su eficacia estaba condicionada por un contexto internacional específico —la “edad de oro” del capitalismo— que comenzaba a cerrarse. Como sostiene Real de Azúa, el impulso modernizador del batllismo encontró en este período su máxima expresión, pero también su freno estructural (Real de Azúa, 1964).

El año 1959 funciona así como punto de inflexión: no solo en términos económicos, sino como antesala de un cambio más profundo en la sociedad uruguaya. El agotamiento del modelo desarrollista abrió paso a un ciclo de crisis, reformas fallidas y creciente conflictividad social que marcaría las décadas siguientes.


Bibliografía ampliada del capítulo

  • Caetano, G., & Rilla, J. (1994). Historia contemporánea del Uruguay. Montevideo: EBO.
  • Finch, H. (1981). A Political Economy of Uruguay since 1870. London: Macmillan.
  • Hobsbawm, E. (1995). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.
  • Prebisch, R. (1950). El desarrollo económico de la América Latina y algunos de sus principales problemas. Santiago de Chile: CEPAL.
  • Real de Azúa, C. (1964). El impulso y su freno. Montevideo: Banda Oriental.









No hay comentarios:

Publicar un comentario

Nota: solo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.