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domingo, 19 de agosto de 2012


EL HUMANITARISMO DE BATLLE

Artículo publicado por el Dr. Arena en EL DIA con fecha 20 de octubre de 1935


“Convenzase, la bondad ¡es inteligencia pura! como el valor, como el espíritu de justicia, solía decirme Batlle, que en su inclinación innata al concepto personal, se inclinaba a ver en la inteligencia el núcleo del alma humana, del cual irradiaban todas las otras virtudes. Y creía sinceramente, que cuando éstas existían con algún relieve, se transparentaban en la fisonomía. De ahí, que siempre que conocíamos un hombre nuevo, su primer comentario fuera: “¿Esa cara le gusta?”. Yo contestaba negativa o afirmativamente, según fuera mi impresión y por lo general coincidíamos. Tanto que ahora mismo, suelo decirle como elogio, al que encuentro de mi gusto: “¡Su cara habría agradado a Batlle. Lo felicito!”

En la primera impresión fundaba Batlle, en buena parte, su pretensión, casi siempre certera, de ser un rápido conocedor de los hombres. ¡Lástima que se equivocara a veces, y que creyendo a todos a su imagen, después de formado el buen concepto para admitir la bellaquería, fuera necesario que se la presentase documentada!. La dificultad de hacerle abandonar alguna noción que me parecía injusta, me hicieron decirle alguna vez: “Las ideas se le arraigan en la cabeza como los árboles en la tierra”.


Hablaba mucho de la gran fuerza que era la bondad. Habría que emplearla siempre, hasta cuando se gobernaba, hasta cuando se legislaba, hasta cuando se hacía justicia aparentemente dura, buscando el bien del mayor número. Precisamente esto era lo que lo hacía implacable contra el mal y los que lo elaboraban. Tanto hablábamos de la trascendente materia, que concluí por decirle: “Sí, tiene razón, la bondad ha de ser la virtud por excelencia, la única moneda de curso legal en el otro mundo, con fuerza cancelatoria para todos los pecados!” Lo que él oía con la enigmática sonrisa del que no asiente ni niega abrumado por el inescrutable misterio.


Lo que podía dar su acción de presencia

¡Si Batlle sentía tan vivamente la bondad era por se profundamente bueno! -¡no en balde era tan inteligente!-. Se le veía en el severo rostro en cuanto se le expandía movido por cualquier atracción simpática. Su trato, aunque grave y poco acogedor, acababa por volverse irresistible: Yo le sentía tan vivamente, que más de una vez invité a que se sometiese a la prueba alguno de sus adversarios más irreductibles. Contando con ello, abrigué un tiempo la esperanza de que se pudiese evitar la guerra de 1904, cuando ya parecía irremediable. Yo creía haber vislumbrado el alma de Saravia, en una inolvidable entrevista que tuve con él, como repórter, en los campos de La Cruz, en una desolada carpa azotada por la borrasca, cuando se pactaba la paz del 97 y se me había ocurrido que no era imposible alearla a la de Batlle, si se la sometía al contacto. Compartía la esperanza, estoy seguro, el ilustre adversario amigo, que sufría las angustias de la hora desde el Ministerio de Hacienda. El salvador encuentro hubo de celebrarse en una exposición feria de Cerro Largo, a la que iba a concurrir el presidente con una numerosa comitiva. Por algún detalle desgraciado que ya no puedo precisar, se desistió del propósito. ¡Es que ya estaba en los planes del destino que la inmensa actuación de Batlle, se desenvolviese entre dos cataclismos, tal vez para que quedase más destacada y resultase más ejemplar!


¿Por qué, se me dirá, siendo tan grande y tan comunicable la bondad de Batlle, no se dejaron influir por ella algunos de los hombres que después de una larga actuación a su lado, se le separaron? Sin duda porque aquellos, a pesar de su inteligencia y de su bondad, no sintieron a Batlle y por consiguiente no pudieron comprenderlo. De los hombres se conocen actos y manifestaciones, nunca intenciones. Estas, siempre impenetrables, son interpretadas con arreglo a la idiosincrasia de cada uno. De manera que, la condición esencial para compenetrar un espíritu, es estar dotado de cierta contextura similar, vibrar simpáticamente con él, como sucede con los diapasones musicales. Si faltan aquella simpatía y contextura, los espíritus podrán estar eternamente en contacto sin entenderse jamás. ¡El caso de los matrimonios desavenidos!


Su acendrado amor por los trabajadores

Un obrero algo misántropo, con ideas entre anárquicas y sentimentales, que cayó como un aerolito, hace años, cerca de Batlle y que se incrustó tan sólidamente a su lado, que todavía se mantiene en su chacra, se lamentaba, comentando mis escritos sobre aquél, que no hubiese aludido a como era con los que trabajaban a su alrededor. Y tenía razón.


Batlle era el patrón ideal, que casi no mandaba y con el cual se guardaban distancias cuanto más se acercara. Aplicaba en la práctica toda su teoría obrerista. Exigía a sus trabajadores el mínimun de esfuerzo por la remuneración superior posible y cuidaba mucho de que su vida fuese confortable. Hasta les daba maestros. Nada podía llegar a su mesa, incluso el champagne, que no fuese compartido con los que lo servían. Se interesaba mucho por los trabajos que se hacían a su vista y se pasaba largos ratos junto a sus obreros, conversándoles campechanamente u observando en silencio, absorto por la especie de solemnidad que encontraba en el esfuerzo humano. Con frecuencia pedía datos y hacía observaciones. Llevado por su espíritu razonador, que lo hacía sacar consecuencias de cuanto veía, insinuaba modificaciones en todo –en la poda, en el arado, hasta en las construcciones-, sin la pretensión, naturalmente, de que siempre se le atendiera. Su personal lo adoraba. Fuesen lo que fuesen los que trabajaban con él, se hacían batllistas.


Batlle sentía por los trabajadores una inmensa consideración unida a una gran ternura. La mejor retribución para sus brazos le parecía mezquina y a los trabajos penosos o que ofrecían peligro no le encontraba precio. ¿Quién puede fijarle un justo valor, decía, a quien se agotaba sudando al sol o se hiela en una cámara frigorífica o se arriesga en un andamio de un décimo piso? Le parecía que los trabajadores, a fuerza de realizarlo casi todo, merecían gozar de buena parte del reino de la tierra, aunque se hubiese de cercenarles después el de los cielos, con cuya esperanza se les entretiene. El trabajador, afirmaba, debería vivir como el profesional, como el comerciante, como el propietario y por reacción ante lo que la organización económica hace imposible, miraba de reojo las ganancias que realizaban aquéllos, considerándolas desproporcionadas a su esfuerzo, tomando como unidad de medida lo que se obtenía con el trabajo manual. Lo irritaba la convicción corriente de que el trabajador podía vivir con menos, porque sus necesidades son menores. ¡A la fuerza ahorcan! ¡Sienten, decía, a un trabajador ante una buena mesa, vístanlo paquete, ofrézcanle buena música y se verá como se despacha como cualquier pudiente! ¡Lo que hay, es que es cómodo establecer que no se necesita lo que no se está dispuesto a dar! Y como si se sintiese responsable de la tremenda injusticia, vivía constantemente ensimismado en la búsqueda del ignorado remedio, como si necesitase alivio para su conciencia!


Su gobierno podría definirse como un constante esfuerzo para aumentar el bienestar de los desamparados, sin el cual le parecía imposible la libertad. Si no hubiese conseguido una buena parte de sus propósitos, se habría considerado un gobernante fracasado. Como las únicas diferencias sustanciales que veía entre los obreros y los acomodados eran la instrucción y la cultura, creó la enseñanza nocturna y las hizo todas gratuitas, para dar la posibilidad, al menos, de que todos pudieran alcanzar la meta. Después de abordar enérgica aunque indirectamente el aumento de los salarios por la limitación de la jornada de trabajo, -la mayor solicitante de brazos y su mejor valorizadora, repetía- se empecinó en pensionar a los viejos. “Hay que ir en ayuda de los agotados en la lucha por la vida, decía, cuando ya nadie los busca y hasta se vuelven un peso muerto, verdaderos indeseables en su propio hogar! Con cualquier concurso que aporten, recobrarán valor humano, volverán a ser considerados, y queridos; hasta por interés, entre los más pobres, el inconfesable deseo de que desaparezcan, será sustituído por el de su eternidad!”


Su solidaridad y su respeto por los desamparados

Defendía con encarnizamiento la dignidad de los desvalidos y la de los que los convencionalismos o hasta su propia culpa colocaba en situación precaria. No daba nunca tareas inferiorizantes ni toleraba que se dieran. A un comisario de campaña lo destituyó y le quitó para siempre su apoyo porque se hacía lavar los pies por sus subalternos. No tuteaba a un subordinado jamás: costábame convencerlo de que cuando lo hacía yo, con mi tono afectuoso, alejaba la desconsideración. Suyo fue el decreto que prohibió el tuteo en el ejército y en la policía. Las personas de color, aunque fuesen renegridas, no eran para él más que morenos y toleraba que se les llamase de otro modo porque era vejarlos. Los consideraba tanto, que en su segunda presidencia, casi naufraga la subvención a los bailes carnavalescos en los teatros, -no puede haberlo olvidado el ministro de la época-, porque sostenía que aquellos también tenían derecho a las diversiones, desde que contribuían a pagarlas. Invocaba como una superioridad del espíritu francés el haber visto en las grandes funciones teatrales de París, grupos de morenas lujosamente ataviadas, luciendo en los palcos sus bruñidos escotes sin que a nadie llamara la atención. ¡Hasta a los delincuentes llegaba su tolerancia! A sus cronistas les prohibía que los calificaran con dureza. “Demasiado tienen con su desgracia, decía, y con la pena que les espera para todavía agregarles la diatriba en la prensa, máxime cuando ésta se muestra tan blanda cuando tiene que dar cuenta, -si es que lo hace-, de los deslices de la gente de sociedad.” ¡Le quemaba la sangre cuando veía triturada alguna pobre muchacha incursa en falta y que sólo por la pobreza era lanzada al escarnio de la publicidad!


La enfermedad de los desgraciados lo preocupaba hondamente. ¿Por lo menos, ya que no se había podido antes, los pobres no debían recibir un tratamiento humano en el último trance? Por ello ayudó tanto a la multiplicación de los hospitales y anhelaba que éstos adquiriesen ambiente de hogar. Oponiéndose al criterio corriente, siempre le parecían pocos los médicos que se graduaban, recordando que se contaban por miles los que requerían asistencia y que se morían sin ella. ¡Que los médicos se vayan al campo, repetía, donde por mucho tiempo harán falta, aunque tengan que darse más trabajo y no ganar más que lo suficiente! Apenas supo por Ricaldoni los prodigios del radio, destinó $50.000.00 a la adquisición de un gramo, -el primero que atravesó el océano-, para el alivio de los hospitalizados y cuando vio que los poderosos aparatos de los rayos X de los institutos particulares, salvaban del cáncer a algunos ricos, pugnó porque la Asistencia adquiriese las máquinas más potentes para que fueran aprovechadas por los pobres en desgracia.


El espíritu generoso de Batlle, fue demasiado evidente para que pudiese ser negado. Pero para desfigurarlo, se inventó la especie de que lo alentaba un interés electorero. ¡Burda mentira! Si hay algo indiscutible, es que no ha habido y no puede haber en el mundo, un hombre que sienta más vivamente el dolor humano como lo sintió Batlle y que se consagrase con tal abnegado desinterés a aliviarlo. Con estadísticas en la mano se le demostraba que sus favorecidos, en las elecciones, no le respondían. Contestaba impertérrito ¡que el bien debía hacerse sin espera de recompensa!


Cuando trataba suavemente a los anarquistas –a uno deportado arbitrariamente le mandó el pasaje para que volviera-, daba por descontado que podían elegirlo como víctima preferente, por lo mismo que desacreditaba la doctrina anárquica con su buen gobierno. ¡Era, pues, amor puro, una pujante solidaridad con el sufrimiento injusto, los que movían el generoso espíritu de Batlle, que hubieran podido empujarlo hasta el martirio, si hubiera sido útil y preciso! Su vivo fervor democrático, era en gran parte pasión y esperanza por los desheredados. Porque, en la república, honradamente ejercida, veía el remedio de todos los males sociales,, desde que las masas, con su voto, podían apoderarse del gobierno e imponer sus reivindicaciones sin necesidad de extremismos.


Su horror por los espectáculos sangrientos y su ternura por los animales

Una de las obsesiones que Batlle llevó al gobierno, fue la de abolir la pena de muerte, con la firme resolución, -puesta a prueba-, de no autorizar un solo fusilamiento. ¡Siempre lo había sublevado y premeditado y alevoso asesinato legal y se había jurado algún día abatirlo! Y así fue. En cuanto se sintió relativamente firme en la presidencia, -en la primera quincena ya lo sorprendió una guerra-, envió a la Asamblea el proyecto abolicionista. El mensaje redactado por él, breve, claro, sin palabras, estaba fundado principalmente por el sentimiento, su gran cuerda, aunque la menos visible. El hombre, decía, viene al mundo dotado de un poderoso freno moral que lo detiene ante el crimen: ¡es lo que hace posible la vida de los escasos pudientes en la inmensidad de los desamparados! ¡Lo que debe de hacer, en consecuencia, la ley, es robustecer aquel freno; y nada mejor para relajarlo que los crueles y fríos ajusticiamientos! Su radicalismo le hizo aceptar de buen grado, aunque con escepticismo, mi iniciativa de llevar la abolición hasta a la guerra, hasta a favor de los espías. “¡La guerra es la barbarie, me decía. ¡se mata en ella de cualquier manera!; pero, aunque su proposición sea una utopía, hay que aceptarla en principio, recordando que casi siempre son utópicas las avanzadas del progreso.!”


Creía que había que suprimir radicalmente todo espectáculo en que se derramase sangre, para no despertar el instinto de la fiera que a veces dormita en el hombre. De ahí su odio contra los toros y la riña, y las patológicas diversiones similares. De ahí su horror por la guerra, se produjese donde se produjese, si no era defensiva, tanto peor si iba contra incivilizados, siempre los más indefensos. Le eran intolerables los conquistadores, fuese cual fuese su grandeza. No soportaba ni a Napoleón, ni a Guillermo, ni al mismo Lenin, por el desdén que habían mostrado por la vida humana. Sentía verdadera repulsión por los sangrientos tiranos de nuestro continente y miraba con temeroso recelo, a los que a través del tiempo le demostraban obsecuencia. Los únicos desmanes históricos que disculpaba, eran los del Terror, por los altos ideales que perseguía y porque en el vertiginoso rodar de cabezas, los grandes protagonistas jugaban a diario la suya. ¡Se le iluminaba el rostro con nostalgias, cuando hablaba de los trágicos debates de la Convención, en los que, la elocuencia decidía a diario de la vida y de la muerte de sus elegidos!.


El desbordante humanitarismo de Batlle llegaba hasta a los animales. Hubiera deseado que se castigase como delito, cualquier maltrato que se les infligiera. No le gustaban los amaestradores , porque al través de sus habilidades, entreveía las torturas de la enseñanza. Uno de sus sueños edilicios, era hacer de los bañados de Carrasco, inmenso parque donde las bestias pudiesen vivir y solazar, libres y felices. Detestaba tanto la caza como la pesca: ¡demasiado dolor, para agregarle nuevo, decía, prodiga el mecanismo ciego de la naturaleza, en el que la vida vive de la vida y no se da un paso sin que cueste vidas! Miraba con desgano la industria lobera por la bárbara matanza a garrotazos y hubiera deseado que el ganado se sacrificara de una manera fulmínea, porque le parecía advertir en las reses que van al matadero la angustia del que va al patíbulo. El inabarcable panorama del espanto le hacía pensar que el mundo, más que la obra de un dios pareciese la de un diablo socarrón, empeñado en que reinase entre sus criaturas la desesperación y el desconcierto. ¿Por qué, se decía, pudiendo hacer del nacimiento y de la muerte motivo de voluptuosidad los hizo de martirio?


Animal que llegaba a su casa adquiría derecho de asilo. Las hormigas fueron para él dolorosa preocupación: ¡tan industriosas, tan inteligentes, pero tan dañinas! “¡Con qué gusto, decía con tristeza, a ser capaces de un tratado leal, les abandonaría una buena parte de mi predio a condición de que no tocasen el resto!” Los caballos, y sobre todo los perros, recibían de él tratamiento de personas. Algunas noches, curamos sus nanas, entre un vistazo telescópico a la luna y una disertación sobre el insondable cielo estrellado. Uno de los preferidos, la Reina, -todos sus perros era reyes o nobles-, encontrándose enferma, fue llevada por nosotros dos a la escuela de Veterinaria, y Batlle recordaba frecuentemente los estremecimientos de emoción humana con que lo recibió cuando fuimos a recogerla. Todo lo cual, no obstó para que, cuando un gran mastín danés, Nerón; fiado en su talla y en sus mandíbulas quiso adueñarse de la casa y faltarle el respeto, se resolviese en un cuerpo a cuerpo, a someterlo a garrotazos! Se le acordaba el máximun de bienestar, pero dentro del orden.


Su obsesión divorcista y su devoción por la mujer

Otra de las obsesiones humanitaristas con que Batlle llegó al gobierno fue la del divorcio. Quería desengrillar las relaciones conyugales, para entregarlas libres al amor y a los brazos de la familia. Quería, sobre todo, impedirle vejámenes a la mujer, por el marido que no la quisiera o por lo menos que no la respetase. Y por encima de todo, apiadado ante la nutrida falange de las solteras, que por no ponerse al margen de las costumbres, crecían y morían sin conocer el amor, quería hacer algo eficaz para lanzarlas al torbellino de la vida. Y no se le ocurrió nada mejor que fomentar el matrimonio, haciéndolo fácilmente disoluble. “ Tenemos que hacer,-decía-, del viaje azaroso y sin esperanza de vuelta, del matrimonio indisoluble, una excursión de placer sin itinerario fijo, con el matrimonio soluble a voluntad. Esto, forzosamente, llevará más hombres al matrimonio, abriendo ancha brecha en la dolorosa soltería. ¿Qué algunas de las casadas podrán quedarse sin marido? ¡Pero peor es que no lo tengan nunca, quedando cegada en parte la fuente de la vida! ¡Por lo menos alguna vez y dentro de los principios, habrán ejercido la suprema función para la que vinieron al mundo! Y de repente, la divorciada, al volver a la soledad, podría llevarse consigo un hijo, lo que puede ser muchas veces un apoyo material: y uno espiritual lo es siempre!.”


El bien de la mujer fue una constante preocupación de Batlle. Fue él quien la lanzó al puesto público. Empezó por destinarle las agencias de Correo, eligiendo con cuidado entre las más perjudicadas por la guerra. Después siguió colocando muchachas en los empleos modestos y livianos, entendiendo que lo que era poco para un hombre, que podía destinar sus actividades a tareas más ásperas, importaba fuerte ayuda para la familia de la empleada. Cuidaba extraordinariamente, eso sí, que aquellos empleos no se diesen a cambio de favores. Estas bajezas, le producían tanta repugnancia, como un posible abuso de consultorio o de confesionario. La Universidad de Mujeres, única en nuestro en nuestro continente y que fue mirada como una extravagancia al iniciarse, da la medida de cuánto fue capaz de esforzarse para asegurar su independencia. Cuando se argüía que se iba a un gasto inútil, desde que la Universidad no hacía distingos de sexo, contestaba enardecido. “Hay que ayudar a la mujer hasta contra sus propios prejuicios. Es indudable que muchas, tan capacitadas como los hombres, no siguen carrera, por no estudiar confundidas con ellos. ¡Désele donde puedan hacerlo por separado y se las verá multiplicadas en las aulas!.” La creciente población de la simpática escuela, probó una vez más sus frecuentes aciertos. Y si me aceptó, de buen grado el divorcio por voluntad de la mujer, que empujado por Vaz Ferreira le opuso a su proyecto más amplio, fue porque concluyó por ver, complacido, que íbamos a crear dentro de la ley, una situación de privilegio para la mujer, hasta entonces tan olvidada, por no decir maltratada, con lo cual nos poníamos a la vanguardia en la legislación feminista universal.


Es que Batlle sentía por la mujer devoción sin límites. Ante cualquiera reverenciaba el símbolo de la belleza, de la gracia y del amor. Para admirarla, todas las edades le parecían adecuadas, como lo son para los espectáculos de la creación y las manifestaciones del arte. Las raras que llegaban hasta él, eran agasajadas con la sobria galantería de un caballero antiguo. Síntesis de sus sentimientos fue su grito, himno a la vida: ¡”la mujer madre merece siempre bien de la patria”!¡Todo lo emprendía para conquistarlas, nada para castigarlas! Ante sus propias debilidades y desvaríos para los cuales siempre encontraba excusa, el hombre debía mostrarse comprensivo, tolerante, generoso. Las violencias masculinas que quieren excusarse en la pasión –que sólo debería inspirar actos levantados- le parecían una brutalidad. Por algo dedicó los últimos fulgores de su ingenio, para fustigar, sin piedad, los mal llamados crímenes pasionales.


Su magnanimidad frente a los que atentaron contra su vida y la de toda su familia

Pero hay dos hechos descollantes,-desmedidos se les podría llamar- que prueban por encima de cuanto pueda decirse, la inmensa bondad de Batlle puesta de manifiesto en momentos tremendos.


Uno de ellos fue cómo actuó, siendo Presidente, frente a los que fabricaron e hicieron explotar una mina en la Avenida General Flores, y que solo por un milagro no lo ultimó con toda su familia. ¿Qué hizo Batlle, como suprema autoridad ante el execrable atentado? Llamó en el acto al jefe de Policía para ordenarle que trataran a los criminales con las consideraciones compatibles con el caso, olvidando quienes hubieron de ser las víctimas. Agregó que lo haría responsable de cualquier vejamen que pudieran sufrir los presos. Esto fue de tal notoriedad, que un día se hacía en la Cámara el proceso de la policía, sin entrar en distingos, yo lo invoqué sin encontrar una protesta.


Pero Batlle entonces hizo más. Hablando, apenas aprehendido, con el principal actor de la frustrada tragedia,-el técnico de la mina-, lo interpeló a fondo sobre los motivos que pudieron inspirarle su horrible crimen. El acusado, dominado por la severa pero serena actitud del interpelante, entre sollozos, dijo la verdad. ¡La culpa era de la miseria negra! ¡Tenía mujer e hijos y le faltaba techo y hasta pan! ¡Ningún medio de encontrar trabajo y un diablo tentador que ofrecía todo para ultimar a quien no conocía! ¡No era héroe y se dejó vencer! El desgraciado había encontrado el gesto para conmover a Batlle, que perturbado por tanta miseria moral, puso fin a la entrevista, lacrimoso y empezando a perdonar! El fruto natural de la escena fue que el preso, cuando años después recobró la libertad y se hizo modesto industrial, se volvió un apasionado batllista. Sus autos, -porque llegó a tener más de uno-, trabajaban infatigablemente para la causa los días de elecciones.


El otro caso es el siguiente. Una mañana de la segunda presidencia de Batlle, fue sorprendido por la policía, en la chacra de aquél, un hombre de extraña catadura, que merodeaba por los sitios por donde el presidente hacía sus solitarios paseos. Detenido el sujeto se le encontró armado de una formidable navaja y declaró que había tenido el propósito de matar al jefe de gobierno, por haberse resuelto en una agrupación en la que formaba parte y en la que había sido designado por sorteo. Batlle, apenas enterado, se hizo llevar al hombre a su despacho. Empezó por abrir la navaja y dejarla sobre el escritorio. Enseguida inició un lento y tranquilo interrogatorio. El interpelado, sin inmutarse, le manifestó que era su enemigo en ideas y que respondiendo a los designios de una conjura, tuvo el propósito de asesinarlo.


Entonces, Batlle, sin perder la calma, se levantó, empuño la navaja y dirigiéndose lentamente al encuentro de su interlocutor, le dijo más o menos: “¡Bueno, lo que usted quería hacer conmigo, yo voy a hacerlo con usted! ¡Prepárese!” E hizo ademán de herir. El sujeto tomó en serio la escena, pero lejos de amedrentarse, presentando ensanchado el pecho adelantó tan rápidamente sobre la punta de la navaja que Batlle tuvo que apresurarse a recoger el brazo para no herirlo. ¡Había que habérselas con un resuelto que se disponía a morir como se dispuso a matar!


La policía, llamada en el acto, se llevó al preso. Poco después informó que éste había sufrido un ataque de epilepsia. Y ante el inesperado desenlace, Batlle, que ya había quedado impresionado de la hombría de su presunto agresor, mandó que lo pusieran en el acto en libertad. Nunca, después, que yo sepa, se volvió a hablar de él.


Su espíritu de justicia puesto a prueba con sus adversarios indomeñables

Aunque de otra naturaleza, deben recordarse dos hechos que han de contribuir, sin duda, a robustecer el concepto de lo que realmente fue Batlle como bueno y justo.


En la guerra de 1904 le prestó importantes servicios,- como tantos otros-, un jefe de caballería, que acabada aquella, fue destacado en campaña. Batlle tenía buena opinión del expresado militar y lo trataba con la consideración consiguiente. Pero un día le llegó la noticia de que por orden de aquel jefe, habían sido dados de alta, contra su voluntad, seis de los revolucionarios que habían depuesto las armas tres meses antes. Inmediatamente de comprobado el hecho, Batlle decretó, sin más trámite, la destitución del acusado. Fueren cuales fueren los méritos del hombre de guerra, no sabía o había olvidado que en la paz, los insurrectos de la víspera, eran ciudadanos con todos sus derechos y eso debía castigarse sin consideración!


En los momentos más críticos de la expresada guerra de 1904 mientras Saravia ocupaba los ejércitos legales en el norte, Pampillón invadió el sur con una división organizada en la Argentina. Si este movimiento tomaba cuerpo, hubiera podido ser de funestas consecuencias para el gobierno. De manera que prestó un señalado servicio el caudillo regional que emprendió con ahínco y éxito la persecución del invasor. Pero más tarde se supo, que en aquella, había habido degüellos y que el responsable era el jefe vencedor. Inmediatamente Batlle, sin la menor vacilación, lo sometió a la justicia militar para que se le aplicase la ley. ¡La dura guerra que se le impuso la aceptó con soldados, no con asesinos! ¡El que creyó servirlo derramando una gota de sangre más de la precisa, erró miserablemente el camino!


¡Calumniado hasta por mí!

Sin duda, entre las muchas virtudes de Batlle, la de la bondad no fue de las más visibles. La disimulaba su severidad, su retraimiento, hasta su acción. Vivió combatiendo y en el combate solo aparece el torrencial avance de pasiones, quedando en la penumbra el humanitarismo que lo inspira, como la vivificadora corriente subterránea que hay que buscarla para que se haga sensible. El constante ¡no!, ¡no! Que le impuso la rectitud de su gobierno, concluyó por infundirle una irremediable dureza. Yo mismo lo sentí algunas veces. Cierto día, al verme alterado hasta lo indecible por una negativa que yo no alcanzaba a comprender, me detuvo serena pero rotundamente con un “¡cálmese, que le va a hacer daño y por más que se exalte no le voy a ceder!”. Lo que me hizo decir decepcionado: “sin duda tiene un gran corazón, pero para alcanzarlo hay que labrar un túnel en el granito!” ¡También lo calumniaba yo! Porque debí recordar que el gran hombre sólo cuando se acorazaba en el deber, se volvía invulnerable y parecía insensible!

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creartehistoria: Neobatllismo: gobierno de Luis Batlle Berres: En 1947 Luis Batlle Berres se ubicó en el sillón presidencial, tras la muerte de Tomás Berreta. Desde allí impulsó una política denominada "...

sábado, 11 de agosto de 2012

José Batlle y Ordóñez por Enrique Rodriguez Fabregat.

José Batlle y Ordóñez 
por Enrique Rodriguez Fabregat.


Hacia la Primera Presidencia.

Batlle será presidente.

En su caso, ya no se trata de una pugna entre candidatos. Eso pertence al capítulo demasiado grande de la política demasiado menuda. En esta ocasión es diferente. Batlle es el hombre de la nueva fe. Su presencia en la lucha significa dos cosas nuevas, fundamentales: Batlle concreta en sí mismo una gran esperanza no cumplida a través de 73 años de independencia. Y Batlle cree en el hombre del pueblo, en el hombre de la multitud, en el hombre que fuera hasta entonces apenas número en la vida nacional.
Estos dos elementos son inseparables de su individualidad. No verlos, significa no ver a Batlle, ni interpretar su tiempo ni comprender su obra.
Creer en el hombre del pueblo vale, primero como una revelación; vale, segundo, como una revolución. Cuando esto se plantea y se afirma así, viene a ocupar un lugar secundario, apenas adjetivo, apenas circunstancial, todo lo que se reducía hasta ahora a lucha de candidatos, de grupos solo diferenciados por las divisas de sus candidatos.
Batlle cree en el hombre del pueblo. Ese es el dogma de su nueva fe.
La lucha, el choque, es entre este "concepto" y lo demás; entre esta "idea" y todo lo demás; entre este elemento de germinación y la esterilidad de los personalismos (...)¿Qué ha sido gobernar hasta 1903? No se nos venga conque si hubo tantas vacas y se exportaron tantos kilos. Eso es más de las vacas que de los hombres. El problema es otro. La acción de goberanr es la que surge sustantivamente de esos elementos para devenir como hecho social.
Hasta Batlle, la crónica de las presidencias no pasa de las revoluciones, sus motines, sus levantamientos, las intervenciones sufridas, los prestamos, las deudas.
Con Batlle, la crónica es la de las reformas sociales, la de la transformación económica del país, la de su soberanía intacta, la de su dignificación política, la del más alto nivel cultural, la de más alta estima del ser humano. Ver. Enrique Rodriguez Fabregat. José Batlle y Ordóñez: El Reformador.Páginas 293-294 Editorial Claridad Buenos Aires. 1940

Nota:Enrique Rodríguez Fabregat. Abuelo de mi Señora Salomé Rodriguez (11 de noviembre de 1895 - 19 de noviembre de 1976), maestro, escritor, periodista y político uruguayo.

Militante del Partido Colorado, fue diputado, senador, Ministro de Instrucción Pública en la época de José Batlle y Ordóñez. Debió exiliarse a raíz de la dictadura de Terra.
Tuvo destacada actuación diplomática. Fue embajador de Uruguay ante México y Austria, ámbito en el que corredactó con Gabriela Mistral la Tabla de los Derechos de la Niñez, base para la creación de UNICEF. En su rol de delegado ante la Organización de las Naciones Unidas, integró la Comisión Investigadora de las Naciones Unidas para Palestina, donde colaboraron con él Oscar Secco Ellauri y Edmundo Sisto; su aporte fue fundamental para el establecimiento del Estado de Israel.
Tuvo también destacada actuación periodística, en el diario La Razón y como colaborador en varias revistas.
En 1971, participó en la fundación del Frente Amplio, integrando una lista con otros políticos de extracción batllista como Zelmar Michelini y Alba Roballo. En 1973 debió exiliarse nuevamente, esta vez en Buenos Aires, donde trabajó en la agencia Prensa Latina.
En 2001, una escuela de San José de Mayo fue bautizada con su nombre.

Ideología de Batlle. Comentario muy breve del libro de Antonio M. Grompone. Miguel Lagrotta.

A propósito de la re edición del libro "Ideología de Batlle" de Antonio M. Grompone.(Arca, agosto 2012)

José Batlle y Ordóñez fue un gobernante que llevó adelante la más profunda transformación del gobierno y la administración pública. Esto fue determinante en la evolución económica y social de gran progreso colectivo. Desde el punto de vista ideológico motivó al Partido Colorado a sostener su acción en las afirmaciones de justicia social, de desarrollo institucional originando pasiones que en la fuerza de los debates renovaron a la sociedad.
Se destacan tres aspectos del pensamiento de Batlle:
a)Sus características personales, b) las condiciones del medio político y social y c) las líneas doctrinarias de su pensamiento.
El batllismo surge espontáneamente y no como sistema y menos como un dogma con principios "que deben ser interpretados en forma más o menos fiel para aplicarlos sin traicionar a quién los formuló"
Por lo tanto Grompone deduce que "el batllismo es, pues,una tendencia colectiva que se expresa especialmente a través de la mentalidad de un hombre excepcional que da la solución adecuada a cada problema histórico y encauza la voluntad nacional en un sentido bien definido.
En definitiva el batllismo es el estado emocional que mantiene aferrados a sus tendencias a una enorme cantidad de hombres que son batllistas por el sentimiento de vincularse a una fuerza superior en valores éticos, morales y de justicia"
Para llegar a concretar estas ideas, Batlle va a afirmar la necesidad de ir resolviendo problemas con un plan pensado racionalmente y con la finalidad de liberar al hombre. Los principios fueron claros:
1) Devolver la soberanía al pueblo y desarrollar la pureza del sufragio.
2) Eliminar la explotación en todo sentido del hombre por el hombre.
3)Independizar económicamente al país.
4)Hacer de las obras públicas instrumentos de mejora e independencia colectiva.
5)Dar a la función de gobernar el sentido de servicio público y no de privilegio gobernante.
6)Hacer efectiva, eficiente y eficaz la administración pública.
7)Transformar el medio rural con carreteras, caminos, ferrocarriles como objetivo de cambiar económicamente y socialmente al país.
8)Crear un desarrollo cultural de masa mediante la construcción del "hombre nuevo"

Lo esencial en Batlle es el valor de la realización y no en su expresión doctrinaria. Batlle es hombre de acción. Predomina, entonces, el respeto a la personalidad humana, el bienestar colectivo, el mejoramiento social y político. Las soluciones son medios y los problemas que se presentan son derivados del propósito inicial que inspiraban aisladamente las acciones.

El 15 de julio de 1887 Batlle es nombrado jefe político de Lavalleja y su circular a la Policía sostenía:
" Sin dejar d ejercer el derecho de votar que goza Ud. como todo ciudadano, se abstendrá de ejecutar actos que importen amenaza o atropello al derecho electoral y que den margen para que pueda justamente dudarse de la imparcialidad en la lucha del comicio. Así Ud no ejercerá armado sus funciones, ni asistirá a clubes políticos, no se asociará a reuniones que se formen en las cercanías de las mesas electorales, ni tomará parte de los tumultos ni en las acusaciones que se produzcan con motivo de las inscripciones a las votaciones"
Sobre el sentimiento de los partidos tradicionales es posible poner una orientación racional y mostrar así a los hombres la defensa de los ideales, pero acompañadpos por el entusiasmo de los grandes recuerdos del pasado. El fondo emotivo da mayor eficacia a la acción. Se trata de juzgar con un criterio de sensatez este hecho y utilizar desde el punto de vista partidario para encauzarlos en un Partido con contenido ideológico arrancando del pasado y vinculado a la realidad nacional.

Ver: Grompone, Antonio M.. Ideología de Batlle. Arca/ensayo. Montevideo. Segunda edición Julio 2012.

domingo, 5 de agosto de 2012

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HISTORIA DE LAS IDEAS DEL URUGUAY
CONTEMPRANEO
RACIONALISMO, LAICISMO Y LIBERALISMO POLÍTICO- Revisión
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La Revolución del Quebracho. La garantía de permanencia de los valores liberales. Miguel J. Lagrotta


 La Revolución del Quebracho.
 La garantía de permanencia de los valores liberales.
 Miguel J. Lagrotta


Por la libertad, así como por la honra, se puede y se debe aventurar la vida.
Miguel de Cervantes Saavedra



“Éramos revolucionarios y como tales escrupulosamente vigilados(…)eran las cinco de la tarde y tras seis horas de combate contra los cinco mil soldados del gobierno que constituían la vanguardia del gobierno, no quedaba ya de aquella revolución en que el país cifraba su esperanza más que un puñado de valientes extenuados, rendidos, muertos de sueño, de hambre, de sed y de fatiga, sin jefe, sin dirección, sin esperanza. La metralla enemiga tronó furiosa en el llano, la mitad de aquellos hombres valientes cayeron(…) la Revolución había muerto. La patria volvía  a vestir de luto….”


El Uruguay es un país donde florece el conocimiento, de la mano del amor por la libertad, encontramos con mucha facilidad reflexiones profundas, metáforas, utopías  a lo largo de su Historia y mucha acción en momentos claves. Esos momentos son, constantemente, cuando algunos modelos hegemónicos tratan de arrebatarnos nuestra razón de ser uruguayos, la libertad, la tolerancia y el respeto a la opinión y acción ajena y cuando no es realizado de acuerdo a las normas comenzadas con la gesta artiguista.

 Victor Arreguini, testigo del episodio que prologamos, sostiene: “El Pueblo Oriental, en medio de sus luchas o en medio de sus horas de reposo, siempre ha perseguido la libertad como un ideal, y siempre la ha visto lejos, como una cosa imposible de alcanzar. En sus momentos de prueba ha soñado ser libre, y ha mostrado al mundo que no ha nacido para ser esclavo el pueblo que puede dar en holocausto a la libertad un héroe o un mártir en cada ciudadano…” Vencida la revolución del Quebracho, sus ideales viven aún hoy cuando individuos de distintas filiaciones políticas, librepensadores, agnósticos, religiosos y ateos conviven en el principio de la libertad y el respeto a sus principios pero luchando desde cada lugar contra modelos que buscan imponer otros conceptos. Ayer como hoy, el acercamiento de los bandos, y la colaboración cívica dan garantía de que el respeto a los ideales defendidos en el Quebracho siguen vigentes.

La verdad es que entre 1880 y 1886 hubo muchos levantamientos armados como los del Coronel Caraballo en Salto y También de Simón Martínez. Esto implica que el gobierno de Máximo Santos no tenía descanso ni paz, el sentimiento de paz republicana imperaba y conspiraba durante su gobierno. Máximo Santos desarrolla su proceso hegemónico, multiplica espías, aumenta los efectivos del ejército y la policía en desmedro de los ciudadanos liberales.
Los ciudadanos independientes, liberales, universitarios, católicos y constitucionalistas no toleran estas actitudes y menos aún el quedarse quietos ante el atropello santista.
La Revolución se organiza, entonces, con hombres, recursos y participantes de las más distintas procedencias. La revolución será vencida en el Quebracho. Colorados, Blancos, Constitucionalistas, liberales, individuos de a pie y eminentes universitarios son derrotados en un gigantesco esfuerzo para derrotar el proyecto y modelo santista de poder.
El régimen de Santos había enviado al exilio a muchos compatriotas que en Buenos Aires encontraron un espacio favorable para el desarrollo de su actividad revolucionaria. Esta actividad se realiza a la vista de todos, se preparan y entrenan soldados, se reparten grados y cargos, se distribuyen tareas, responsabilidades y equipos. Los Generales Enrique Castro y José M. Arredondo se ponen de acuerdo el 24 de enero de 1886 y luego convocan a ciudadanos “como miembros de diversas facciones políticas que han tomado parte  de la preparación de la grande obra patriótica cuya realización va a iniciarse” y se toman los siguientes principios para luego de la toma del poder: “(…) el Gobierno Provisorio tendrá todas las facultades necesarias para la administración y reconstrucción del País, sin más limitación que la de los artículos 110 a 147 de la Constitución de la República y la adopción de medidas que permitan la legalidad del sufragio.

Las bases del movimiento revolucionario eran:
1)     La Patria es de todos.
2)     Todos tiene derecho a compartir los poderes públicos
3)     Restitución al país del respeto a las normas constitucionales.
4)     Convocatoria a elecciones generales
5)     El Gobierno provisorio será ejercido por los generales Enrique Castro, Lorenzo Batlle y José M. Arredondo

“…Esas medidas deben buscarse preferentemente en la leal aplicación de los principios que sirven de base al movimiento revolucionario y que han hecho posible la aproximación de los partidos, proclamando(…) que la patria es de todos y que todos tienen derecho a compartir las funciones de los poderes públicos.”
(Carta orgánica de la Revolución del Quebracho suscrita en Buenos Aires el 27 de enero de 1886 por los ciudadanos Enrique Castro, José M. Arredondo, Lorenzo Batlle, Juan José de Herrera, Juan A, Vázquez, Gonzalo Ramírez, Martín Aguirre y Carlos Gaudencio)

En el año 1885 el desgaste del régimen del Gral. Santos era evidente. Se suman revueltas, denuncias de corrupción y el personalismo del propio Santos. Por otro lado existía una profunda restricción a las libertades públicas y la economía del Estado no toleraba más los despilfarros del gobierno. Los opositores eran los nacionalistas, el partido constitucional y ahora se suma el Partido Colorado. Era el momento de que se pueda producir un levantamiento  revolucionario multipartidario por encima de los sectores políticos. En Buenos Aires un comité revolucionario prepara el levantamiento con la esperanza de contar con el apoyo de la opinión pública en nuestro país y se afirmaba, además, por parte del  Gral. León Muñoz(combatiente a los 17 años) que muchos integrantes del ejército estaban comprometidos con el levantamiento, además que eran apoyados o por lo menos tolerados por el gobierno argentino y que contarían, incluso con una batería de artillería.

El comité revolucionario estaba integrado por civiles y militares. Eran sus miembros, los generales Lorenzo Batlle, Enrique Castro y José María Arredondo y los doctores Juan José de Herrera, Juan A. Vázquez, Gonzalo Ramírez y Martín Aguirre, se le debe sumar la figura del coronel Carlos Gaudencio. Se había determinado que en el caso de triunfar, el gobierno provisorio estaría integrado por los generales Lorenzo Batlle, Castro y Arredondo. La jefatura de las fuerzas revolucionarias la obtiene el Gral. Castro quién aseguraba el pasaje a la revolución de sus hermanos el general Gregorio Castro y el coronel Antolín Castro con soldadesca que harían posible el triunfo sin derramamiento de sangre. Suponen, además, que la plana mayor del ejército se plegaría a l movimiento.

Los efectivos de la Revolución fueron distribuidos en la Plana Mayor y  cuatro compañías.La Plana mayor tenía como jefe al teniente coronel Rufino Domínguez y mayoritariamente elementos universitarios: aparece como segundo jefe el sargento mayor Luis Rodríguez Larreta; ayudante mayor Juan Campisteguy; subteniente Claudio Williman; subteniente de bandera Alfredo Vidal y Fuentes; sargento primero Juan Cat. La primera compañía tenía por jefe al capitán José Batlle y Ordóñez, de 30 años y de segundo jefe al teniente primero Dionisio Trillo. De la segunda compañía era jefe el capitán Luis Melian Lafinur, con 36 años figurando en la misma Bernardo Berro, Carlos Travieso, Alfredo Nin Reyes, León Muñoz, Manuel Quintela, Saturnino Alvarez Cortés. La Tercera compañía era jefe el capitán Juan A. Smith y de la cuarta el capitan  Felipe Segundo.

Entre los ciudadanos que intervinieron encontramos a Gonzalo, José Pedro, Octavio y Carlos María Ramírez, Luis Batlle, Eugenio Garzón, Luis Romeo, Javier de Viana y Mateo Magariños. Los revolucionarios fueron transportados desde Buenos Aires por embarcaciones de la Prefectura Marítima Argentina hasta el vapor Litoral con el cual remontan el Río Paraná y se instalan el 22 de febrero de 1886 en las cercanías de Entre Ríos. Se arman con fusiles Remington y se uniformizan  con vestimenta azul con vivos rojos. El 28 de marzo desembarcan en la barra del arroyo Guaviyú. ¡300 hombres con solo 150 caballos. El 31 se produce el enfrentamiento con las tropas del gobierno en las cuchillas de las Puntas de Soto, en las cercanías del Arroyo Quebracho, siendo fácilmente derrotados por los experientes soldados del gobierno que sumaban cinco mil efectivos. El comienzo fue sanguinario siendo los revolucionarios lanceados y sableados por  las caballerías del gobierno. Ante esta situación el Comandante Domínguez se dirige al galope  hacia donde se encuentra el jefe de las fuerzas adversaria Coronel Villar, solicitandole que ponga fin a la matanza de vidas jóvenes y valiosas. El General Máximo Tajes, con su Estado Mayor aparece en el campo de combate y ordena que la garantía de vida era el ser oriental. Tajes ordena “ ¡Cuidado! ¡pena la vida del que atente contra un prisionero!¡El nombre de Oriental debe ser garantía de vida para los vencidos!
Estas instrucciones se las había enviado Santos, en su carácter de General en Jefe de las fuerzas de mar y tierra de la República, para cuyo cargo había sido designado por el Presidente Vidal. El telegrama que había enviado Santos decía: (…)Entre los enemigos, mercenarios en su mayor parte incluso el que los comanda, hay, sin embargo muchos jóvenes orientales, que engañados por su inexperiencia, han ido a ingresar en filas de los traidores a la patria. Venzámosla, si, pero vencida, salvémosla, que la sangre de los orientales es demasiado preciosa para que sea vertida por sus hermanos(…)Recomienda muy particularmente a todas tus tropas que se tenga la mayor consideración con nuestra juventud, que el grito de <soy oriental> sea una coraza invulnerable para el que lo exclame” Te saludo Máximo Santos. Sin embargo, a continuación y en carácter cifrado ordena a Tajes “ Darás en la cabeza sin compasión ninguna a los del comité, a esa canalla de Arredondo, los Ramírez, el Aguirre, los Larreta; si no volveremos a empezar con las mismas dentro de seis meses o un año y es preciso acabar con esto”
El 6 de abril llegan a Montevideo 639 prisioneros siendo alojados los heridos en el Hospital Maciel y el resto en el cuartel del Quinto de Cazadores.
A la mañana siguiente, Santos ordena a los prisioneros formarse en la Plaza de Armas, Santos vestido de Civil saluda a los prisioneros y convoca a Garzón y a Tajes y les informa que están todos los prisioneros en libertad, homenajeando en ellos a Eugenio Garzón y al extinto coronel Francisco Tajes.
Si observamos detenidamente la composición de la conducción de la revolución encontramos:
Ex presidentes: Lorenzo Batlle.
Futuros Presidentes; José Batlle y Ordóñez, Juan Campisteguy y Claudio Williman
Ex rectores de la Universidad: Dres Gonzalo Ramirez y José Pedro Ramírez
Abogados, profesores y estudiantes de la Facultad de Derecho: Carlos María Ramírez, Luis Melián Lafinur, Saturnino Alvarez Cortez, Luis Romeo Burgues, Mateo Magariños Veira.
Médicos: Alfredo Vidal y Fuentes, Manuel Quintela.
Jóvenes estudiantes de derecho: Mario L. Gil, Juan Zorrilla de San Martín, Juan Andrés Vazquez, Juan José Herrera, Teófilo Daniel Gil( uno de los mártires de la Revolución, muere en el Quebracho) Segundo José Posada(otro de los mártires universitarios muere en el quebracho)  Juan Pedro Sampere( Martir universitario fallece en el quebracho) Carlos A. Berro, Salvador T. Milans, Ricardo Julio Areco, Ildefonso García Lagos, Martín Aguirre, Eusebio Conlazo, Aureliano Rodríguez Larreta, Pablo de María, Domingo Aramburu.
Como conclusión podemos afirmar (Luis María Delio Machado) que la Generación del Quebracho fue la generación de jóvenes que, nacidos entre 1850 y 1860, en su mayoría universitarios, ateneístas y antimilitaristas   fueron compañeros de generación de José Batlle y Ordóñez cuya actuación fue destacada por integrantes revolucionarios de filiación blanca. Javier de Viana sostuvo “pocos oficiales fueron más justamente queridos por sus soldados que el teniente Batlle; amigo siempre y ante todo, jamás olvidó que mandaba compañeros y nunca pensó en ser un oficial santista con amplio derecho para apalear soldados, como lo hizo más de uno”
Sin embargo, la revolución derrotada en el campo de batalla, renace victoriosa en la opinión pública y que según Barran fue la revolución de la juventud universitaria del Quebracho,  que preanunciaba el retorno del civilismo.

Los principios revolucionarios de la Generación del Quebracho a modo de conclusión:

“ Toda la riqueza pública desenvuelta por las fuerzas naturales de la paz en un país fértil, laborioso y comercial, ha sido sistemáticamente esterilizada por una inmoralidad administrativa que llega a los límites del más descarado latrocinio. El producto de los impuestos, superior a los gastos sancionados en un presupuesto excesivo, jamás ha alcanzado, sin embargo a satisfacer las exigencias de su voracidad(…)En el orden interior, toda institución representativa ha desaparecido de hecho, toda lucha política, pacífica ha llegado a ser imposible, la idolatría personal que impone el déspota es humillante para la naturaleza humana(…) Don Máximo Santos y sus hombres no representan a ningún partido, ninguna opinión pública, ningún interés social(…) Por eso todos los partidos, todas las opiniones políticas, todos los intereses sociales se alzan contra el santismo”



Ver:
Gerardo Caetano.Antología del discurso Político en el UruguayTomo I. Taurus 2004.Pp.332 y Ss.
W. Reyes Abadie/A. Vazquez Romero.Crónica General del Uruguay Tomo 5. EBO 2000. Pp.278-281
Luis María Delio Machado.Nuevo enfoque sobre los orígenes intelectuales del batllismo.FCU 2007.Pp. 159-170

lunes, 23 de julio de 2012


BATLLE, LA CUESTION DE LA TIERRA Y LA INFLUENCIA DE HENRY GEORGE

 DEL LIBRO IDEOLOGIA BATLLISTA, Componentes y Modelo
 De Daniel Peluas y Alfredo Piffaretti

ANTECEDENTES

     Henry George (1839-1897) baso su teoría en la de Ricardo sobre la renta, la considera como un  sobrante que va a parar al terrateniente, sin que éste haya prestado por su parte ningún servicio debido al aumento de la población y de la demanda.
No establece diferencia entre el trabajo y el capital, considerando a los propietarios de estos dos factores de la producción como acreedores a una retribución y los agrupaba juntos como víctimas de la explotación que realizan los monopolistas de la tierra.
Afirmaba que si la renta económica iba a parar al Estado como representante de todo el pueblo, no sería necesario ningún otro impuesto, de aquí la explicación «impuesto único», que empleó más tarde al exponer su propuesta. Siempre habrá tierra a disposición de los que pudiesen, y estuviesen dispues­tos a ofrecer la renta más alta. Ya no se daría el caso de que hubiese tierras sin explotación, porque su dueño prefiera gozar de ella sin que produjera, o esperar hasta que pudiese obtener una renta o un precio de venta mayor. Desaparecerían todas las restricciones que los propietarios de la tierra imponen a la producción, y se acabaría con todas las barreras que impiden llegar al máximo de ella.
El georgismo hace volver a la sociedad la tierra, gravándola progresivamente, vale decir, buscando su transformación mediante leyes graduales y no por cambios radicales.
El impuesto progresivo a la tierra es un medio de control estatal, y un incentivo para hacerla pro­ductiva, a la par que cumple una finalidad social.
Los abanderados de la postura georgista en nuestro país en una forma ortodoxa son: Manuel Herréra y Reissig, Mateo Magariño Veira, Almada, César Miranda, desde el ámbito académico es clave La figura de Carlos María de Pena: «...En el programa del primer año del Curso de Economía Política Finanzas del año 1887 el Dr. de Pena incluye una serie de temas que guardan una estrecha relación con los postulados de George».
Por su parte Manuel Herrera y Reissig publica en la prensa todo el problema de Inglaterra sobre este tema, pero establece que ya Andrés Lamas consideraba el mismo con preocupación: «...Lamas, como George, veía que el aumento incesante de la renta económica, como consecuencia del crecimien­to de la población y demás factores que impulsaban el desenvolvimiento progresivo de la Sociedad, obrará a la manera de un drenaje creciente ejercido sobre el capital y el trabajo de cada localidad, que a la larga debe producir, y produce fatalmente, un desarrollo constante y cada vez mayor, en la distri­bución de la riqueza -siendo éste la causa única de todas las perturbaciones y males que aquejan a las sociedades.
Estos males, dice Lamas, tienen su causa originaria en la apropiación individual del suelo, que es el vicio orgánico, el germen mórbido que llevan en su seno los países de Europa, organizándose sobre esa base...
...decía Lamas, es seguir el ejemplo de Australia y Nueva Zelandia, es prohibir en adelante la venta de la tierra pública y concederla en enfiteusis, a plazos largos e incesantemente renovables, inaugu­rando así un sistema que suprime todos los inconveniente de la propiedad perpetua, conservando sus ventajas, y estableciendo el impuesto único sobre el valor de toda la tierra y acompañar esta reforma, paralelamente, con la supresión de toda esa variedad de impuestos que son acompañados de tantas vejaciones y de tantos desperdicios de fuerza social».

BATLLE Y ORDOÑEZ BUSCA ADAPTAR EL
GEORGISMO A LAS PARTICULARIDADES DEL URUGUAY

    Los proyectos propuestos no pueden ser considerados como georgismo puro, Batlle mismo recalcó que lo que buscaba era adaptar dicha teoría a las condiciones particulares existentes en el Uruguay. En primer lugar, deseaba introducir otros impuestos además de los impuestos a la tierra, y en segun­do término quería que los impuestos sobre la propiedad fueran progresivos y no proporcionales como preconizaba George. Recordemos que Gabriel Terra será el autor del impuesto progresivo sobre la herencia durante la primera presidencia de Batlle.
En la obra Sobre la propiedad de la tierra de Carlos Vaz Ferreira, podemos ver el tratamiento que hace el autor sobre el georgismo.
«Y bien, dice George: el error fundamental sería el de considerar la tierra como propiedad privada.


La propiedad privada es esencialmente legítima, la más legítima y la más justa de las instituciones: representa la consagración del derecho de disponer de lo que es producto de nuestro trabajo, de ' nuestra actividad, de nuestro esfuerzo. La propiedad privada es en sí legítima; pero la tierra no es, por su naturaleza, un sujeto de propiedad privada. La tierra difiere en todo de los objetos naturales de la propiedad privada. Estos son hechos por los hombres; la tierra, por el Hacedor. Estos son ilimitados, no tiene más limitación que las posibilidades prácticas de fabricarlos; la tierra es limitada. Los objetos se crean y se consumen o desaparecen con el tiempo; la tierra estaba y estará y persiste en el vaivén de las generaciones. Y, en el vaivén de las generaciones, el planeta es y debe ser de los que están en él en un momento dado. Y en un momento dado todos los que están sobre la tierra tienen sobre ella un derecho igual. ¿Por qué? Porque la tierra es un medio natural, como lo son el agua y el aire. Así como por su constitución el hombre necesita respirar, así también, por su constitución, necesita esencialmente del medio natural tierra. El hombre es un animal terrestre: en la tierra ha de vivir, y de la tierra ha de sacar su alimento; de la tierra se fabrican, directa o indirectamente, todas las formas de riqueza. Ahora bien: la propiedad, el derecho de disponibilidad, debe aplicarse a lo que se saca de la tierra, no a la tierra misma. El que saca del agua un pez, es dueño del pez; pero no del océano, ni de un pedazo del océano. El que instala un molino y trabaja con él, es dueño del molino y de la harina que produce; pero no del viento. El que hace producir cereales a la tierra, es dueño del grano; pero no de la tierra de donde lo saca...La verdadera solución sería, entonces, sustraer a la propiedad privada lo que no es, ni debe, ni puede ser de propiedad privada.
De modo que, siendo la tierra de todos, lo que correspondería teóricamente, sería que la tomara el Estado, y la administrara (por ejemplo, arrendándola). Tal sería la solución teórica. Pero no es eso lo más práctico, ni lo más hacedero, ni lo más sencillo. En lugar de esa solución que sería la justa teórica­mente, hay dentro de la doctrina, un sustitutivo; y aquí entramos al georgismo práctico. 
El sustitutivo sería: en lugar de tomar la tierra, tomar su renta, total o casi totalmente. Extraer la renta por un impuesto. Dejar la tierra en posesión privada; pero extraer la renta por medio de un impuesto sobre ella, que sería impuesto único, y que produciría, según George, dos grandes categorías de bienes. Por un lado, utilizar en provecho, en provecho general, lo que es de la sociedad. Y, por otro, liberar al trabajo y al capital de todas las otras categorías de impuestos, que, constitu­yendo trabas o dificultades para el trabajo o para su constitución en capital, son globalmente malos. Hay que comprender bien lo que se entiende por «renta» en estos casos. 
La renta es aquella parte del producto de la tierra que resulta, no de los hechos de su propietario, sino del hecho social. Si un terreno da más que otro porque su propietario trabaja en él, esto no es renta en nuestro sentido técnico: la renta que debe extraerse, la renta que debe volver al dominio común, es según estas doctrinas, la que resulta del hecho social. Progresa un país porque trabajan todos o muchos de sus habitantes, y el valor de la tierra sube: sube lo mismo para el que trabaja, como para el que no trabaja (caso del propietario territorial que pasará su vida en el lecho mientras sus tierras suben de precio)... 
Se combatirían así dos enemigos de la civilización moderna: la ciudad monstruosa, la «ville tentaculake» de Veraheren, y el latifundio, las grandes extensiones despobladas o mal pobladas a consecuencia del acaparamiento por los propietarios individuales...». 
Igual que en otros temas, Batlle contó con aliados muy destacados para defender sus ideas. Veamos algunos casos. 
Los impuestos al consumo que pagaban las clases populares no debían ser la gran fuente de recur­sos del Estado. Por el contrario, la intención del batllismo es gravar a los grupos sociales privilegia­dos, destacándose entre ellos a los propietarios rurales. 
El Ministro de Hacienda, José Serrato, trabajará para lograr una redistribución más justa para toda la sociedad. 
«...la mejora de las vías de comunicación, la seguridad personal y los demás elementos de progreso de un pueblo, es lo que constituye en primer término la valorización de la tierra. Justo es, por consi­guiente, que aquellos que reciben mayores ventajas de ese esfuerzo colosal, es decir que aquellos que poseen grandes extensiones de terreno, donde a veces no se ve ni vestigios de vida humana, sean los que en mayor proporción contribuyan a los gastos del Estado... Voy más adelante en mis aspiraciones de mejoramiento social. Entiendo que el principio progresivo, la más grande y hermosa conquista tributaria, debe ser aplicada con más extensión entre nosotros... ese... principio se tendrá que estable­cer para acentuar la contribución territorial... El impuesto sobre la renta no es, en mi concepto, facti­ble por el momento entre nosotros; pero lo es el de la graduación progresiva sobre la tierra, fuente originaria de toda riqueza...»

Es importante ver que este planteo del batllismo tuvo su respuesta desde tiendas católicas, es así que Juan Zorrilla de San Martín y Raúl Montero Bustamante escriben artículos al respecto en los que, este último establecía: «...el Ministro no está solo. El espíritu de George preside en estos momentos la acción oscura de un grupo de hombres de buena voluntad que han creído ver en la doctrina del maestro el ideal social contemporáneo. La escuela todos los días gana nuevos adeptos ... La acción ministerial es un primer triunfo...»
Por su parte Batlle creía: «...de acuerdo con George que la sociedad, no el individuo, era responsa­ble de la elevación del valor de la tierra, y que el poder impositivo debía utilizarse para obligar al uso productivo de la tierra»
Para Zorrilla de San Martín en el decreto del 29 de marzo de 1905, realizado por Batlle y Serrato, se reflejaba la presencia georgista.
Con el tiempo, el batllismo mantendrá su postura recordando la transcripción hecha por Zorrilla dé San Martín de un fragmento de la obra de George.
«El valor de la tierra -dice George- no expresa la recompensación de la producción, como el valor de la cosecha, del ganado, de los edificios o de cualquier otra de las cosas que se llaman bienes mue­bles y mejoradas: expresa el valor del monopolio. En ningún caso lo crea la persona que posee la tierra; lo crea el progreso del país. Por eso, el pueblo tiene derecho a tomarlo enteramente, sin dismi­nuir en modo alguno el incremento a las mejores, ni mermar en lo más mínimo la producción de riqueza. Se pueden establecer impuestos sobre el valor de la tierra, hasta que toda la renta sea tomada por el Estado, sin aumentar el precio de ninguna mercancía, ni hacer la producción de ninguna mane­ra más difícil. Hay más aún. El impuesto sobre el valor de la tierra no solamente no frena la produc­ción, como lo hacen la mayor parte de los demás impuestos, sino que tiende a aumentarla por la destrucción de la renta especulativa».
Por su parte Julio María Sosa también enarbola la bandera georgista: «La tierra acaparada por unos pocos que arrojan de ella a los más, se convierte en sostenedora de parásitos, por medio de la renta; parásitos que hacen al organismo político-social lo que la trichina al organismo humano: roerle las entrañas... La renta de la tierra que va creciendo a medida que se condensa la colmena humana, entra como una cuña entre el capital y el trabajo, disminuyendo el beneficio de aquél, que se retrae, bajando el salario de éste que se aniquila. La renta de la tierra separa al capitalismo del obrero, poniéndolos frente a frente en lucha despiadada; aquél se resiste a pagar más de lo estrictamente necesario para que el obrero no muera, pues si da más sus capitales no producen, y el obrero pide más, porque se revuelca en la miseria con sus hijos, siéndole insoportable la vida... Matar la hiedra de la discordia, es decir la renta de la tierra, por medio de impuesto progresivo y continuo, de manera que el Estado viva y ahorre, para devolver lo que sobre de ese solo impuesto, haciendo desaparecer todos los demás. Este impuesto único destruirá los latifundios entregando la tierra a todas las actividades humanas».
Se ve en Sosa a un ferviente partidario del georgismo, postulando y promoviendo la creación de un impuesto progresivo y gradual a través del cual el estado lograría instrumentar una justa distribución de las tierras.
«Es necesario que el Estado, representante de la sociedad, pues es una síntesis y en él descansan sus derechos, tome la iniciativa, y por una ley sabia y única recupere para esa sociedad lo que se le ha quitado, trayendo sin miedos, pero paulatinamente, la verdadera y justa distribución de la riqueza, dejando a todos la mayor libertad en sus iniciativas y gozando del honrado fruto del trabajo ... La solución que pregonamos es el impuesto progresivo gradual y continuo sobre el valor de la tierra, impuesto que llenará todas nuestra necesidades sociales, aminorará sus gastos actuales, y dará un sobrante enorme para ayudar a esa misma tierra, obligándola a producir tanto como crezcan las nece­sidades ... todas coadyuvarán al mismo fin y unidos capital y trabajo, se afanarán porque la produc­ción se eleve, pues, cuando más se obtenga, más interés tendrán el capital, más alto será el salario ... pues el rico, si quiere conservar su capital, tendrá que trabajar y preocuparse por el bienestar general, no como actualmente, que las grandes fortunas de los que nada producen pero consumen, crecen cuanto más catástrofes afligen a la humanidad...».
De esta manera los grandes propietarios de tierras «...no podrán resistir ese impuesto, que les ab­sorberá toda la renta, cuanto más tierra tenga, viéndose en la necesidad imprescindible de vender parte de sus latifundios, empleando el capital adquirido de esa manera en mejorar sus predios restan­tes, haciéndolos más productivos, de modo que el interés que antes sacaban como renta de las gran­des extensiones acaparadas, en insaciable avaricia tratarán de sacarlo de las que les quedan. Los que a ellos les compren harán lo mismo a su vez, y véase cómo, sin discursos, sin congresos, sin exposicio­nes, se formarán en nuestro país, las industrias intensivas, que acapararán grandes cantidades de familias laboriosas».
Debemos de recordar que entre 1905 y 1906 se registra el segundo gran avance reformista en mate­ria de Contribución Inmobiliaria. Desde las columnas de El Día se difundirán tales ideas.
En un primer momento se pretendía que se pagase el impuesto sobre el valor real de las propieda­des, debido a que los propietarios rurales desde hacía tiempo estaban pagando mucho menos im­puestos de lo que en realidad debían de abonar. La Comisión de Hacienda, conjuntamente con el Ministro respectivo llegaron a la siguiente solución «...que los aumentos de los nuevos aforos nunca pasasen del cincuenta por ciento, alegándose que resultaba un poco violento imponerle a un contri­buyente que de un año para otro duplicara su cuota... Conviene advertir que el aumento de los aforos de los campos no responde a ningún plan arbitrario, si no a un trabajo paciente y concienzudo realizado por el señor Señen Rodríguez, competente técnico del Departamento de Ingenieros, que tiene una práctica especial para la tarea de tasar propiedades ... formuló promedios que han servido de base para el aforo, previa una deducción del diez por ciento. El procedimiento, pues, si no es el estrictamente científico, -ya que ese sólo se podría obtener con la tasa­ción individual de cada propiedad, o sea con el catastro-, se aproxima bastante a la realidad».[1]
Se buscaba con lo recaudado del aumento de dicho impuesto volcarlo para el incremento de las asignaciones de los funcionarios meritorios, que ganaban remuneraciones mezquinas, o de ciertos maestros, e incrementar el número de policía tanto en la capital como en la campaña.
La insistencia sobre este tema por parte del batllismo no era capricho, sino simple justicia: «No hay que olvidar aunque ya se haya dicho muchas veces, que la nueva ley de Contribución Inmobiliaria no solo encierra una cuestión de interés fiscal, sino que encierra también una doble cuestión de justicia. Es justa porque tiende a que el impuesto inmobiliario se pague sobre lo que realmente se tiene y de una manera uniforme en todo el territorio de la República, concluyendo con las irritantes anomalías de que unos paguen el dos por mil cuando otros pagan el seis y hasta más del seis; y es justo también porque el importe del aumento que recarga de una manera poco sensible a un sinnúmero de personas más o menos pudientes, está destinado íntegramente a la supresión de los descuentos del 10 y del 5 por ciento sobre los sueldos de los pequeños empleados, gabela enorme que si han podido justificar las angustias económicas que ha sufrido el país, se impone levantar dentro del más corto término, empezando por aquellos a quienes una estrecha asignación les hace más difícil atender a las necesidades más primordiales de la vida».[2] También en la presidencia de Williman se sigue esta temática. Se ve en la propiedad una idea social: «A la idea de la propiedad individualista, se ha sustituido ya en el hecho por la idea social de la propiedad, la idea social que hace que el individuo tenga en la sociedad moderna, no la libertad como derecho, sino la libertad como función, para llenar una misión, un fin más o menos importante en la vida... Y que la propiedad también ha sufrido restricciones, la va a ver enseguida la Cámara. ¿Fundado en qué principio individualista de la propiedad sería posible impo­ner con una contribución diferencial superior a un terreno baldío dentro de la ciudad de Montevideo? ... Es fundado en la idea social de la propiedad, que el Estado obligó al pago de una contribución mayor, a veces aparentemente injusta y violenta, para obtener que ese baldío desaparezca».[3]
El Poder Ejecutivo nuevamente en 1911 enviará a la Asamblea General un proyecto relativo a la contribución inmobiliaria para los departamentos de la campaña, el cual tiene importantes modifica­ciones respecto a su anterior proyecto. Se imponía la adopción de una fórmula que diese una mejor instrumentación de ese impuesto a la proporción de los valores actuales.
De la información que brindó la Dirección de Avaluaciones, se proponía el establecimiento de un solo impuesto de los tres que regían en ese momento. Ellos eran el 6 y medio por mil de contribución general, 1/2 por mil para servicio del empréstito de vialidad y obras públicas y 1/2 por mil para fondo de defensa agrícola.
Para estas propiedades rurales se dispondría la aplicación de un único impuesto de 7 y medio por mil solamente sobre el capital- tierra, y sobre aforos por zonas en las cuales se fijaran como valores para calcu­lar la contribución los que resultan del promedio de ventas de los años 1906-1910, reducidos en un 40%.
En síntesis los aforos resultantes representan el 40% del valor que se cotizan los respectivos campos en 1911. Del aforo que se estaba aplicando, el máximo es de $ 18.00 y el mínimo de $ 5.50. El término medio del aforo proyectado puede fijarse en 13 y los valores reales son: máximo 70 y mínimo 20 por hectárea.
En reportaje realizado por El Día al nuevo representante el Dr. Simón, éste establecía: «...Pienso que se debe ir aplicando gradualmente la teoría de Stuart Mili, según la cual, como saben muchos, la valorización de la propiedad raíz, cuando no es consecuencia del esfuerzo del propietario, debe que­dar a beneficio de la sociedad....También creo que conviene acentuar el impuesto progresivo sobre las herencias y otras formas del capital, a fin de contenerlo a esto en un límite razonable.
Desaparecería, en gran parte, esa enorme diferencia de medios de lucha que da lugar a que vivan miserablemente muchos hombres aptos, y en la más irritante opulencia otros que no sirven para nada».218
En el mes de junio la Convención del Partido Colorado aborda el tema de la propiedad, siendo discutido largamente. Varios son los convencionales que participan en la misma. Batlle reconocía que en la propiedad hay muchas partes que no pertenecen precisamente al dueño, reconociendo además que la misma ha sido primitivamente de la sociedad y debe volver a ella. Para ello se debía de instrumen­tar un impuesto, el que se aplicaría de forma progresiva, a la propiedad, con lo cual nadie se vería perjudicado. Ya el Estado o la Sociedad se ha hecho dueña de la tierra, debido a la contribución directa, conside­rándose como un arrendamiento que todo aquel que posee tierras paga al Estado. En reportaje realizado por El Día al nuevo representante el Dr. Simón, éste establecía: «...Pienso que se debe ir aplicando gradualmente la teoría de Stuart Mill, según la cual, como saben muchos, la valorización de la propiedad raíz, cuando no es consecuencia del esfuerzo del propietario, debe que­dar a beneficio de la sociedad...También creo que conviene acentuar el impuesto progresivo sobre las herencias y otras formas del capital, a fin de contenerlo a esto en un límite razonable.
Desaparecería, en gran parte, esa enorme diferencia de medios de lucha que da lugar a que vivan miserablemente muchos hombres aptos, y en la más irritante opulencia otros que no sirven para nada».218
En el mes de junio la Convención del Partido Colorado aborda el tema de la propiedad, siendo discutido largamente. Varios son los convencionales que participan en la misma. Batlle reconocía que en la propiedad hay muchas partes que no pertenecen precisamente al dueño, reconociendo además que la misma ha sido primitivamente de la sociedad y debe volver a ella. Para ello se debía de instrumen­tar un impuesto, el que se aplicaría de forma progresiva, a la propiedad, con lo cual nadie se vería perjudicado. Por lo cual el Estado sería entonces «...un propietario muy condescendiente, muy benévolo, poco cuidadoso de sus intereses, que cobraría muy poca cosa por sus propiedades; y la tendencia de lo que yo propongo es que, poco a poco, sin sacrificar a nadie, -porque hay muchos que han comprado esas propiedades a alto precio, precisamente porque el arrendamiento que por ellas cobra el Estado no es alto- que poco a poco, sin perjudicar a nadie, el Estado fuese subiendo el valor del arrendamiento.
Cuando llegue el día en que el Estado cobre el arrendamiento que tenga interés en pagar todo el que necesita una porción de tierra, se podrá decir que la Sociedad, el Estado se habrá hecho dueño de la propiedad. Esta evolución a mí me parece que puede producirse sin grandes transformaciones y sin perjudicar mucho a nadie.
No creo que tampoco sean necesarios muchos años, porque la propiedad territorial se puede seguir gravando cada vez más en razón de que el Estado puede exigir contribuciones de los miembros de la sociedad y hacer pesar esas contribuciones sobre los objetos que él crea que es más conveniente gravar.
Poco a poco, la propiedad llegará a ser del Estado y los propietarios en el transcurso de los años -no sé cuántos, 25,30 o 50 años- se irán arreglando, pasando sus propiedades a otras manos, disminuyen­do un poco el precio para hacer la venta y sin perder mucho...».219
Dentro de la Convención no había una postura homogénea referente a la implementación del georgismo, pero Batlle constantemente intervendrá para aclarar y profundizar su pensamiento: «Para George una de las ventajas, la gran ventaja de la expropiación de la tierra debía consistir en que todo el mayor valor de la tierra pertenecería en lo sucesivo a la Sociedad o al Estado y no a los particulares.
En su concepto lo que hace la enorme división que existe en el seno de las sociedades entre la riqueza y la miseria, es la propiedad. Los que la tienen van enriqueciéndose constantemente, o los que tienen el medio de adquirirla van enriqueciéndose constantemente, porque a medida que la tierra se puebla o que se puebla un país, la propiedad es más necesaria. De eso resulta que valga más; y ese mayor valor de la propiedad, en lugar de pertenecer a la Comunidad, a la Sociedad, pertenece a un pequeño grupo en relación a los demás pobladores del país, a un pequeño grupo de propietarios que se enriquecen enormemente, mientras que los que no tienen propiedad tienen que pagar cada vez más para servirse de ella».220
En la última Convención de julio de 1925 Batlle dejará asentada cuál es la tesis de George: «La tierra tiene que seguir la ley de todas las cosas, de todos los objetos que tienen un valor; a medida que es más necesaria y más escasa vale más; y, cuando la tierra aumenta de valor, aumenta por un lado la riqueza, si el régimen económico de la sociedad no ha variado, y, por otro, la miseria, porque se ofrecerá a precios mucho más altos al trabajo sin que aumente el valor de los productos de éste. Tal es la tesis de Henry George.
Pero yo no había propuesto que se aplicase el impuesto a la tierra, por ser un agente natural de producción, sino porque la tierra pertenece a todos los que viven en ella, y porque cuando alguien la usa, no pagando por ese servicio que ella le presta lo que debe pagar, usa una cosa de los demás perjudicándolos».221
La aspiración del batllismo referente a este tema la podemos sintetizar de la siguiente manera: «El derecho de propiedad de la tierra debe sufrir limitaciones, en bien de la comunidad.
Son pocos ya los que sostienen a este respecto el concepto amplio y sin trabas del dominio. El derecho de gozar y disponer libremente de la tierra está subordinado al buen uso que de ella se haga.
...La tierra es un agente natural indispensable para la vida del hombre. Y ella se encuentra reparti­da en el mundo en cantidad limitada. Así, si un propietario abandonado y negligente, no se preocupa de explotar su predio agrícola y lo conserva rústico o si en un ambiente poblado, el dueño de un terreno baldío lo deja improductivo, ese hombre abusa de su derecho y priva a la sociedad de los frutos que pudieran brindar esas tierras bien administradas.
...El hombre forma parte de la colectividad y sus actitudes repercuten sobre los demás...
Y el Estado que vela por el desenvolvimiento de los valores nacionales y por consiguiente el bien­estar del mayor número, no puede permanecer cruzado de brazos, frente a los hombres ociosos que malgastan su riqueza, porque la conducta estéril de estas personas proyecta sombras sobre la econo­mía nacional.
La nueva Constitución alemana consagra, así, un principio que debió parecer revolucionario hace pocos años y que hoy, sin embargo, no levanta suspicacias ni resistencias. «La propiedad obliga; su uso tiene que ser al mismo tiempo servicio de bien común». Esta declaración constituye la suprema conquista del derecho social.
Ya no prima, pues, el concepto de la propiedad de la tierra absoluta e inviolable. Una nueva comprensión abre camino a los juristas, después de tantísimos años de experiencia. Una claridad radiante y no sospe­chada ilumina el campo de las leyes modernas. Se transforman las ideas antiguas y se levantan es­pléndidos conceptos.
...El derecho de propiedad de la tierra se abate ante el interés colectivo. Ya antes, se reconocía a favor del Estado el derecho de explotación por causa de utilidad pública. Y bien: la utilidad pública debe tener un alcance extraordinario. Debe llegar hasta despojar al propietario de tierras que no aporta un con­curso eficiente al progreso del país. Y los Poderes Públicos tienen un excelente medio para repartir la tierra entre los hombres sanos y trabajadores. Todo, sin lesionar derechos sin despojar a nadie de facultades. Puede el Estado cobrar o expropiar tierras para constituir un dominio territorial considerable. Y esas tierras fiscales serían lue­go dadas en enfiteusis, a plazos muy extensos, a todos los hombres de aptitudes y buena voluntad que quieran explotarlas.
Si esta política hace camino en el porvenir, el lote de nuestras tierras públicas será inmenso. El Estado, que es el propietario de la Nación, será el único administrador de esas grandes superficies. Pero la explotación correrá por cuenta de los arrendatarios, y éstos gozarán de esa tierra durante toda su vida, alcanzando los beneficios del contrato también a los hijos... Pero con una condición, sin embargo: que la tierra se explote bien; que no se abandone, que se realice en ella un esfuerzo intensivo, bajo la dirección de los técnicos oficiales que darán a los agricultores los mejores consejos para la obtención de mayores beneficios económicos. Porque si fracasara el arrendatario, por su negligencia o falta de comprensión, el Estado anulará el contrato y entregará esas tierras a personas más diligentes y aptas.
Tal es la aspiración del Partido Batllista, que está consagrada en nuestro programa de principios, y que llevaremos muy pronto a los debates del Parlamento Nacional».

Colección Solaris de Editorial Arca